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...HASTA A las malas traducciones les debemos a veces agradecimiento. Harold Bloom acusa a Baudelaire, Mallarmé y Valéry de leer a Poe en malas traducciones francesas y “encontrar en él cosas que no existen”: ¿y qué importancia tiene, si encontraron algo distinto? También es famoso que en el capricho número 43 de Goya, el titulado “El sueño de la razón produce monstruos”, el propio pintor dejó un comentario manuscrito, donde matizaba que se refería al daño que puede hacer la fantasía cuando la razón está dormida, pero como los ingleses tradujeron la frase como “The dream of reason produces monsters» en lugar de “The sleep of reason produces monsters”, se ha convertido a Goya en un adelantado denunciador de los gulags o los campos de concentración. Y recuerdo, por reunir una tríada de ejemplos, que hace unos quince años, al asistir a una conferencia de Ricardo Piglia en La Casa Encendida, este autor nos dijo que Roberto Arlt se había convertido en luminaria de la literatura argentina gracias a que se había atiborrado a leer malas traducciones, pues no tenía dinero para comprarse las buenas. Al llegar el turno de preguntas, le pedí que ahondara en esa paradoja y me dijo:

—Gracias a la lectura de esas malas traducciones, Arlt comenzó a escribir mal, esto es, comenzó a romper la sintaxis, a hacer mal los párrafos... hasta que llegó a hacerlos bien, claro, pero gracias a ese punto de partida consiguió una prosa totalmente singular que rompió con la tradicional, por ejemplo la de Mallea.

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EL LIRISMO que surge de las emociones que generan los momentos críticos de la existencia es sin duda la nota que más valoro en un diario, pero no la única. Si así fuera, Francisco Umbral sería el mejor diarista del mundo. ¿Por qué Umbral, que leía tanto el diario de Gide, que se parecía a veces a Gide, que entra oblicuamente al folio como Gide, no consiguió ser Gide? La diferencia es la veracidad y la humanidad: mientras Gide entra al folio valiente, dispuesto a desangrarse de mil maneras ante el lector, dejando un reguero de verdad que zarandea e impresiona, Umbral es un cínico que solo cree en la prosa de arte y que parece que escribe para hacer dedos o para coleccionar boutades. Mientras las breverías que le suceden a Gide trascienden, Umbral las convierte en chismes; mientras Gide es de una generosidad tremenda y hasta le cuenta al lector sus impulsos pedófilos, Umbral conserva zonas ciegas en su confesionalismo, por ejemplo su mujer y su no-padre (él mismo decía que Cela le había enseñado que “de la familia no se debe hablar nunca”). De vez en cuando le visitan el rencor y la envidia, que en su caso eran muy grandes, e incurre en algunas páginas de humanidad verdadera, pero son momentos aislados y logrados a pesar de sí mismo, cuando se olvida de su proyecto meramente estético. También consigue alguna cota de verdad cuando se le murió el hijo o, en los últimos años (Un ser de lejanías), cuando empezó a asustarle la llegada de la muerte.

En definitiva: la sola inteligencia (Piglia) no me basta para ser diarista; el solo lirismo (Umbral) no me es suficiente; y tampoco la mera veracidad (Kerouac) o el solo carácter singular (Léautaud): mi diarista perfecto es valiente, veraz, culto, lírico y singular (Gide y Virginia Woolf).