EL PRINCIPAL problema que tengo con Montaigne es que existe otro autor que se le parece mucho, Plutarco, que es en casi todos los predios mucho mejor: más sabio, más amplio, con más lecturas, con más talento para elegir la anécdota que tiene hueso (a Montaigne le vale cualquier anécdota, es como Laercio o Suetonio). Lo único donde el francés le aventaja es en la confesión autobiográfica, que el de Queronea no practicaba, o en su escepticismo, en esa manera que tiene de manosear todas las respuestas sin decidirse por ninguna, que le ha convertido en uno de los fundadores de la modernidad. Sin embargo, ya he dicho muchas veces que al escepticismo de Montaigne tenemos que acudir con mucha precaución, porque Jan Hus fue quemado en Constanza en 1415, Miguel Servet en Ginebra en 1553, Giordano Bruno en Roma en 1600 o Lucio Vanini en Toulouse en 1619. En la famosa frase “En la duda, abstente” podemos leer entre líneas “Ante la Inquisición, abstente”. El propio comportamiento de Montaigne al desatarse la peste en Burdeos, cuando huyó sin dejar una sola nota ¡siendo él su alcalde!, y no contestó a ninguna de las cartas de su corporación municipal, que le rogaba que regresara, por lo que finalmente fue destituido de su cargo, me hace pensar que era un hombre que usaba el escepticismo para esconder su cobardía.
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DIJE QUE Eckermann se excedía dorando la píldora a Goethe; pero otro tanto se permite Boswell para encumbrar a Johnson. Dice Boswell que el padre de Johnson cursó una solicitud al rector Samuel Lea para que admitiera a su hijo en la escuela de Newport, pero que este se la denegó. Sin embargo, en el mismo párrafo dice que Samuel Lea, ya anciano, comentó que “uno de los hechos más memorables de mi vida es haber estado a punto de contar con un hombre tan grande como Samuel Johnson como alumno”. ¿En serio fue memorable que CASI fuera tu alumno, cuando además tú mismo le denegaste la admisión?
Unas líneas más adelante, para desmentir las críticas que se le hacían a Johnson por hombre a veces de trato poco cortés, Boswell hace salir de la nada un papel escrito por “una dama”, de la que no nos da el nombre ni mayor detalle, salvo que el papel se lo ha dado “la hija del doctor Lawrence, médico de Johnson”. Lo siento mucho, pero este no es un procedimiento serio en un periodista, ni en un biógrafo, ni en un historiador. Alguno me dirá, Vanessa, con ese tipo de procedimientos hicieron sus libros luminarias como Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio, a lo que yo les diré que sí, que de acuerdo: sin duda a ese dudoso club pertenece el libro de Boswell.
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ESO QUE dijo Benjamin Disraeli, que repetir las mismas anécdotas es una señal de que te has hecho viejo y debes retirarte del mundo, no creo que me vaya a pasar nunca, porque como buena discípula de Montaigne y lectora de algunos historiadores grecolatinos (Herodoto, Suetonio, Plutarco, Diógenes Laercio), guardo en el cerebro un almacén interminable de chascarrillos que son mi unidad mínima de palabrismo. Uno de mis autores favoritos de juventud con el que ahora soy injusta, Francisco Umbral, también fue el mayor fardo de anécdotas de los escritores españoles del siglo XX (empatado quizá con Julio Camba y con el Gómez de la Serna retratista), y además eran las suyas de las más terroristas y desvergonzadas que me he leído nunca. Recuerdo cuando leí la que contaba sobre Emilia Pardo Bazán, que mantuvo un amorío famoso con Benito Pérez Galdós y otro con Blasco Ibáñez. Umbral cuenta la misma anécdota con los dos. Venían los amigos íntimos a preguntarle qué tal iba su relación con Emilia y Benito respondía, apesadumbrado:
—Mal, porque me hace daño cuando me la chupa, por lo que le he pedido que se quite la dentadura postiza.
Incluso con una anécdota aparentemente tan poco nutritiva como esta, que parece buscar solo el morbo, yo me pongo de inmediato a manosearla y descebollarla, tal es la pasión que siento por estas historias bonsái. La primera conclusión a la que llego es que a finales del siglo XIX en odontología ya existían las dentaduras postizas; la segunda que Pardo Bazán debía ser una mujer muy adelantada a su tiempo, pues yo he nacido 125 años después en una zona rural y allí es impensable que una mujer le chupe la polla a su novio (o que su novio le chupe el clítoris a ella); la tercera que Pérez Galdós o Blasco Ibáñez no eran indiferentes a la masculinidad tóxica que ha predominado en casi todo tiempo y lugar, pues les gustaba contar a sus amigos sus hazañas como sansones del sexo. La cuarta y última que Francisco Umbral era un impresentable difundidor de rumores morbosos, al mismo nivel que lo estoy siendo ahora yo :)
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¿QUIÉNES SON los que han contribuido a dar la imagen falsa del ser humano como superman o superSatán? Los escritores, naturalmente. El problema de raíz de los escritores es que por encima de todo quieren reconocimiento, están ansiosos por destacar en su oficio, y para ello no hay mejor recurso que la exageración. Si dices que el homo sapiens es algo impresionante como Supermán, vas a vender muchos libros. Si dices que es algo tan miserable como Satán, también vas a vender otro montón de libros. Si dices en cambio que es una especie más de la que se habla y escribe demasiado para los méritos que tiene, no te vas a comer un colín. Alborotados como Nietzsche o entretenidos como Suetonio siempre tendrán más influencia y lectores que espíritus ecuánimes como Polibio o Tocqueville.
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SI LO que sucedió anteayer con motivo de la celebración del holocausto indígena, me refiero al error que hizo que la Patrulla Águila dibujara en el cielo una bandera republicana en vez de la rojigualda, hubiera sucedido en la antigua Grecia o la antigua Roma, tanto Herodoto como Suetonio lo habrían tenido muy claro: esta señal es de muy mal agüero para la monarquía española, la llegada de la Tercera República es irreversible.
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SE EQUIVOCAN quienes sostienen que las antiguas obras grecolatinas que se salvaron fueron las mejores y que tanto bárbaros como cristianos y musulmanes, al destruir más del 90% o dejar que se perdieran, vinieron a hacer un donoso escrutinio de las letras, una suerte de antología de lo mejor o más memorable. Al contrario, la razón de que se hayan conservado tantas páginas de Platón o Séneca no se debe a su indudable calidad, sino a que su pensamiento era muy cercano al cristianismo, mientras que la razón de que la obra de Epicuro o de la mayor parte de los filósofos hedonistas o materialistas se haya perdido, incurias aparte, es que era refractaria a esa religión monoteísta. Por otra parte, que se hayan salvado obras como las de Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio no se debe a su reputación como historiadores, que es bastante dudosa, sino a que llenaron sus historias de anécdotas y chismes de lo más divertido. Si estos tres historiadores hubieran cubierto la crisis actual del coronavirus, estoy seguro de que habrían prescindido de cualquier interpretación estructural para entregarse a la rumorología, el morbo y la conspiranoia: contarían cómo los chinos crearon el virus en un laboratorio para destruir Occidente; cómo los médicos dejaban morir a los ancianos y se lanzaban a salvar a los más jóvenes en los tiempos en que faltaban respiradores; cómo Bill Gates metió chips en las vacunas para controlar a la población, etc. No es solo que se haya perdido el 90% del legado grecolatino, sino que el 10% que se ha conservado es muuuy sospechoso, muchas de las obras salvadas llevan grabada la palabra CULPA.
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MI NUEVO ídolo es Lucio Vitelio, padre del que llegaría a ser emperador de Roma, si es cierto lo que se cuenta de él en Vidas de los césares, aunque ya hay que ser crédulo para dar por cierta una sola palabra de Suetonio el fantástico:
Era un hombre desinteresado, activo, pero completamente deshonrado por su pasión hacia una liberta, cuya saliva bebía mezclada con miel, como remedio contra una enfermedad de la garganta; y no hacia esto en secreto o rara vez, sino cotidianamente y delante de todos.
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CUENTA SUETONIO que, en el certamen de elocuencia griega y latina convocado por Calígula en Lyon, los vencidos debían escribir un poema de elogio a los vencedores, y en caso de que esos versos no gustaran, eran obligados a borrarlos con una esponja o con la lengua, si no querían ser azotados con una palmeta o arrojados al río. Lástima que una costumbre tan sana se haya perdido.
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ESCRIBE EL Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que subyace bajo estas líneas es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza, el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis). Epicteto, en cambio, escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones ordinarias para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Si Epicteto hubiera leído a Ligne, quizá le habría parecido un frívolo, un tipo que sacrifica la verdad por el ingenio, más preocupado por hacer acrobacias conceptuales que por observar la realidad. En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud, los tonos bajos o el sentido común no son para nada inferiores, sino solo distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.
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UNA DE las razones de que Herodoto, Plutarco y Suetonio sean tan maravillosos es que no solo escriben la versión seria de la historia, sino que también incluyen las versiones más débiles, basadas en rumores, leyendas o intervenciones divinas. Uno está leyendo un libro de historia con todo el rigor y pesadez de los libros de historia, pero a la vez parece que está leyendo a Bocaccio, Chaucer o Las mil y una noches: son manuales/antimanuales cuya mezcla asombrosa sobrepasa lo histórico y se adentra en lo literario-artístico, donde pueden competir con los mejores escritores del mundo. El único problema de leer a estos tres autores grecolatinos es que generan tal vicio en el lector que dificultan la lectura posterior de historiadores modernos. Pasar después de ellos a Hobsbawm, Elliott o Álvarez Junco es muy duro, porque uno nota que se desciende, que la prosa es más plana, que la asepsia se impone y, sobre todo, que falta algo: ¿por qué en estos libros de historia modernos no hay chocolate?
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