UNA DE mis anécdotas históricas favoritas es la de Alejandro Magno, de visita a la tumba de Aquiles, cuando rompe a llorar al darse cuenta de que Aquiles había contado con grandes poetas para cantar sus hazañas, mientras él solo contaba con el mediocre Quérilo de Samos. Alejandro disponía de buenos historiadores a su servicio, pero no le parecía suficiente: para asegurarse la posteridad quería grandes poetas. Un ejemplo más de cómo el poder solo se acerca a la poesía con intenciones de propaganda.
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ALGUNA VEZ me he preguntado, por la cantidad de anécdotas literarias que he vertido en la red desde 2007, si no seré yo como aquel Dídimo al que denuncia Séneca en la epístola 88 de Epístolas morales a Lucilio:
El excesivo afán de cultura y erudición hace a los hombres pedantes, verbosos, importunos, pagados de sí mismos y no aprendedores de las cosas necesarias por haberse aprendido las superfluas. Cuatro mil libros aseguran que escribió el gramático Dídimo: con que tantísimas futilidades las hubiese solamente leído, ya sería para tenerle lástima. Porque en esos libros se pregunta por la patria de Homero, por la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte fue o no más libidinoso que borracho, si Safo fue o no mujer pública, y otras muchas cosas que, si las supieses, deberías más bien desaprenderlas.
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DICE HÖLDERLIN que la suprema maestría de la Ilíada se funda en que Aquiles, el teórico protagonista del libro, apenas aparece en la historia porque Homero lo reserva para los momentos más brillantes y esenciales, como corresponde a un héroe “de oro”, y deja que sean los protagonistas “de calderilla”, que Hölderlin ejemplifica en Ulises, los que lleven el peso del libro con sus acciones no siempre perfectas. Leyendo esto me ha dado por elucubrar qué pasaría si el entrenador del Barcelona, por ejemplo, solo sacara a Messi veinte minutos cada partido, con el fin de que su aparición fuera más intensa (sé qué pasaría: sería destituido de inmediato) y he pensado que los héroes de nuestra época, ya sean Nelson Mandela, Rigoberta Menchú o Usain Bolt, son masacrados de inmediato por los focos y las portadas a cinco columnas, al punto de que en menos de una semana lo sabemos todo de ellos, hasta los detalles más insignificantes, y me ha entrado la melancolía de que se haya perdido para siempre el héroe dorado que emocionaba a Hölderlin ⇒el héroe que se reservaba ⇒el que no intervenía ⇒el que defendía su misterio.
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CADA VEZ siento más impaciencia con los autores que en sus obras admiten elementos asociados con el folclore o el etnocentrismo, sean Homero, Virgilio, Balzac, Whitman o Dostoyevski, y simpatía por autores que apenas los admiten, Catulo, Vilariño, Woolf, Kafka, Cernuda, Breton.
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