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MORALISTA, ERGO sin sentido del humor. Creo que Chesterton es caso único de autor que conjugó la prédica continua con la risotada. Existen otros a los que se adjudica el mismo talante (Quevedo, Voltaire, Nietzsche...) y a veces con razón, pero enseguida te encuentras con otras páginas suyas donde se les escapa el sargento o el amargado. A Thoreau no lo clasificaba entre los especialmente rigoristas, pero su editor Bradford Torrey, después de adelantarnos que Thoreau solo fue a una fiesta en toda su vida y aborreció para siempre de ella, dice esto en la introducción a sus diarios:
La vida de Thoreau podría haber sido más tranquila si hubiera sido menos exigente en su idealismo, más tolerante con la imperfección de los demás y de sí mismo; si se hubiera tomado sus estudios, e incluso sus aspiraciones espirituales, un poco menos en serio. Un poco de juego juvenil de vez en cuando, o una dosis de lectura de novelas amorosas y humanizadoras (de estilo trollopeano) podría... Uno imagina que moderar su mal humor no le habría hecho daño.

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TENGO LA sospecha de que Borges era un pelma de mucho cuidado. Recuérdese que durante la primera mitad de siglo los libros del maestro argentino no generaban dinero suficiente y hasta 1955 no fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, por lo que se ganaba la vida dando conferencias literarias, lo que desarrolló más si cabe su faceta de ensayista sabihondo. Por otra parte, Borges padece de rarezas neorrabiosas: él también tiene miedo de penetrar a las mujeres, producto de un trauma juvenil, y de su fracaso sexual con ellas se deriva más soledad, lo que deriva a su vez en más lecturas y más pelmacismo. Para muestra un botón. La revista El Hogar preguntó una vez a varios escritores argentinos por su cuento favorito, pero Borges no consiguió responder sin dar este rodeo:
Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en “El escarabajo de oro” de Poe, en “Los expulsados de Poker-Flat”, de Bret Harte; en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad; en “El Jardinero”, de Kipling –o en “La mejor historia del mundo”–; en “Bola de sebo”, de Maupassant; en “La pata de mono”, de Jacobs; en “El dios de los gongs”, de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en “Las mil y una noches”, en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo, en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable, el relato alucinatorio “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair.

Recuérdese la pobreza de los infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento.

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EL BORGES ensayista no es muy bueno en su mirada panorámica, como sí lo es por ejemplo Octavio Paz, pero está lleno de aciertos en su mirada más concreta, como por ejemplo en lo que dice sobre el famoso soneto de Quevedo, "Retirado en la paz de estos desiertos", donde subraya que el poema funciona no gracias a sus ingeniosidades o conceptismos, sino "a pesar de ellos". No soy de las que condena el ingenio en la literatura, como hacen tantos, pero creo que existe un ingenio con hueso, por ejemplo el de Séneca, por ejemplo el de Chamfort, por ejemplo el de Chesterton, y un ingenio mucho más barato, que se limita a meros esguinces lingüisticos o paradojas conceptuales, por ejemplo el de Wilde, por ejemplo el de Noel Clarasó, por ejemplo el de Pitigrilli. La insinuación de Borges me lleva a enunciar esta ley: todo texto que siga siendo bueno una vez que le quitas el ingenio, es de verdad bueno; en caso contrario, es mera exhibición pirotécnica y por tanto de una calidad menor.

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LO QUE mata a la poesía del pasado, lo que hace imposible leer gran parte de ella, es su aristocratismo, el azúcar dentro del azúcar que denunciaba Gombrowicz. Fue esa obligación de escribir de puntillas sobre temas excelsos la que provocó un aluvión de críticas en el semanario que dirigía Szymborska, allá en Polonia, cuando la poeta autorizó la publicación de un poema titulado “Vaca”. A la futura premio Nobel le espetaron: ¿Qué porquería de revista es esta que admite poemas sobre un animal tan pedestre? También Chesterton, a quien le encantaba comer, dijo algo en el mismo sentido: "Los poetas han guardado un misterioso silencio sobre el tema del queso".