Mostrando entradas con la etiqueta Gide André. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gide André. Mostrar todas las entradas

904


ESCRIBE GIDE en su Diario, con fecha febrero de 1924:
Si en el futuro se publica mi diario, temo que dará una idea de mí bastante incorrecta. No he escrito en él durante los largos periodos de equilibrio, de salud, de felicidad; sino en esos periodos de depresión, cuando lo necesitaba para recuperarme, y en los que me muestro doliente, sollozante y digno de compasión. En cuanto vuelve a lucir el sol, me pierdo de vista y el trabajo y la vida me ocupan por completo. Mi diario no refleja nada de todo esto, sino solo mis periodos de desesperación.
A esta constatación de Gide, que me parece común a otros diaristas, añadiría otra de mi coleto, que no sé si es tan común, y es la de que yo no escribo cuando estoy hecha una completa porquería. Si consigo escribir, es que no estoy tan mal, aunque entiendo que un estado de melancolía no exagerado es el ideal para llenar folios, lo mismo de poemas que de fragmentos de diario. 

868


EN ANOTACIÓN del 5 de agosto de 1937, Gide, de viaje en la Italia de Mussolini, encuentra en sus calles el mismo fanatismo y la misma intolerancia que se había encontrado en la URSS de Stalin, a la que había viajado el año anterior: 
Las paredes de los edificios y los muros de las carreteras están cubiertos de inscripciones en caracteres gigantescos; vivas al Duce y citas de frases suyas, lemas perfectos, admirablemente elegidos e ideales para galvanizar a la juventud, para reclutarla. Sobre todo estas tres palabras —«Creer, Obedecer, Combatir»— se repiten con la mayor frecuencia, como conscientes de que resumen el mismo espíritu de la doctrina del fascismo. Lo que permite cierta claridad de ideas y al mismo tiempo me señala las «posiciones» del antifascismo. Y no hay nada que produzca tanta confusión como la adopción de esos lemas por el comunismo, aunque pretenda ser antifascista, pero solo lo es políticamente, y también pide a los afiliados al partido «creer, obedecer y combatir», sin reflexionar, sin crítica, con una sumisión ciega. Las tres cuartas partes de las inscripciones italianas podrían convenirle a las paredes de Moscú. Me dicen que solo se puede vencer a un adversario en su mismo terreno, con sus propias armas, y que es conveniente oponer la espada a la espada (algo de lo que no estoy convencido en absoluto). Lo que hay que hacer, antes que nada, es oponer el espíritu al espíritu, que es precisamente lo que no se hace. Los historiadores del futuro determinarán cómo y por qué, al borrarse el fin ante los medios, el espíritu comunista cesó de enfrentarse al espíritu fascista y hasta de diferenciarse de él.
La historia ha dictado sentencia en favor de Gide, pero en aquellos tiempos este escritor francés batallaba en solitario frente a los que veían a la URSS de Stalin como espejo de virtudes, algunos tan famosos como Aragon, Éluard, Neruda, Vallejo, Alberti, Hernández...

862


EN LA novela Temas de conversación, de Miranda Popkey, la protagonista es lectora empedernida de los diarios de Sylvia Plath. En un momento de la narración, otro personaje, Artemisia, descubre lo que está leyendo y dice:
Sylvia Plath, dijo, leyendo el lomo del libro que yo había dejado boca abajo sobre mis rodillas. No es muy buena poeta, comentó, pero sí una persona interesante.
Claro. A mí también me gusta como poeta, ojo, pero la clave de algunos escritores, pienso en Gide, Renard o Pizarnik como ejemplos más estruendosos, es que dejaron una obra confesional, completamente de no ficción, que ha potenciado su figura por encima del resto de su obra literaria, porque los diarios parecen más verdad, más cercanía, y te llega el dibujo psicológico y vital de la persona de una manera como es imposible que te llegue un poeta o un novelista estricto.

860


AL FIN encontré el fragmento contra las redundancias artísticas que buscaba en el diario de Gide. Es del 22 de mayo de 1907, día en que asiste a una ópera de Strauss y, a la vuelta, hace esta denuncia:
Movilización permanente de todos los recursos. Igual que en Hugo, igual que en Wagner: si para expresar una idea dispone de varias metáforas, no elegirá una, sino que no nos dispensará de ninguna de ellas. En esto hay una total ausencia de sentido artístico. [...] Este arte es el verdadero enemigo.

831


PARA SALVARSE de este defecto que denuncio, Gide escribió un imperativo en su Diario que ahora no encuentro y que por tanto voy a decir con mis palabras: el escritor, explica Gide, si cuenta con seis maneras de describir o metaforizar una situación o paisaje o persona, no debe emborracharse con el idioma y ponerme las seis, sino escoger lo mejor de ellas y resumirlo en una que sea elegante y precisa. Gide acuñó este imperativo para meterse precisamente con la prosa de Victor Hugo, que le parecía redundante y es cierto que lo es, pero existe una distancia sideral entre lo que hace Hugo y lo que he denunciado antes en Onfray o lo que denuncié en su día en José Antonio Marina (AQUÍ), Sánchez Dragó (AQUÍ) o Menéndez Pelayo (AQUÍ), en los que me pareció encontrar acumulación innecesaria y fatigosa. Tomemos un fragmento del libro magno del francés:
El parisiense es al francés lo que el ateniense es al griego; nadie duerme mejor que él, nadie mejor que él tiene aspecto olvidadizo; pero no hay que fiarse; es propicio a toda suerte de dejadez, pero, cuando tiene enfrente a la gloria, es admirable en su furia. Dadle una pica y tendréis el 10 de agosto; dadle un fusil y tendréis Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Danton. ¿Se trata de la patria?, se enrola; ¿se trata de la libertad?, levanta barricadas. ¡Cuidado!, sus cabellos encolerizados son épicos; su blusa de tela se convierte en una clámide. Mucho cuidado. De la primera calle Grenéta que encuentre, hará unas horcas caudinas. Si suena la hora, este arrabalero crecerá, este hombre tan pequeño se levantará y mirará de un modo terrible, y su aliento será una tempestad; de su pecho cenceño saldrá suficiente viento para desbaratar los pliegues de los Alpes. Es gracias al arrabalero de París que la revolución, unida al ejército, conquista Europa. Canta, ése es su placer. Dadle una canción proporcionada a su naturaleza, ¡y ya veréis! Cuando no tiene más canción que la Carmagnole, no hace más que derribar a Luis XVI; hacedle cantar la Marsellesa y libertará al mundo.
La prosa de Hugo será todo lo excesiva y retórica que quiera Gide, pero es la prosa de un poeta. Y la prosa de un poeta nunca fatiga, porque se justifica en el continuo creacionismo de su prosodia y de su lenguaje. Aunque yo soy la primera que es consciente de que, si Hugo me cuenta todo así, con más pasión por regodearse en la intensidad del lenguaje que por contarme la historia, el libro va a acabar teniendo 1300 páginas, son 1300 páginas que agradezco. Un caso muy parecido al de otro artífice superior de la lengua, en este caso de la española, como es Francisco de Quevedo.

830


...SIN EMBARGO puedo comprender a Gide o a todos los que se levantaron contra Victor Hugo en Francia, porque este autor llegó a ocupar tal anchura en la francofonía que acabó cerrando todos los caminos, al punto de que es famoso que el abuelo de Sartre, según relata su nieto en Las palabras, dejó de leer cuando murió el autor de Los Miserables. Es un caso muy parecido al de Neruda en el mundo hispánico: Neruda también es verbalmente poderoso, también es egocéntrico (de hecho, se le acusaba de "creerse Victor Hugo"), también es intenso y exagerado, también luce una panoplia variadísima que va de lo amoroso a lo épico, capaz de hacer vanguardia y realismo socialista con el mismo talento, de modo que ocupa todos los caminos de la poesía hispánica y se convierte en "el poeta" por antonomasia hasta que, siguiendo la lógica del boomerang, acaba estragando y generando a la barra brava de los anti, porque la Hugofilia y la Nerudofilia extremas engendran Hugofobia y Nerudofobia igualmente extremas. Mientras en el caso de Hugo la fobia ha remitido mucho en las últimas décadas, en el caso del poeta chileno no solo ha remitido sino que ha aumentado, primero tras la caída del muro de Berlín, donde a todos los poetas que elogiaron a Stalin (Éluard, Alberti, Aragon, Hernández...) se les hizo pagar un precio, y segundo con la llegada del feminismo, que al mundo hispánico no llegó en serio hasta hace quince años, y que no le perdona la violación a una mujer tamil y el abandono de su hija con hidrocefalia, al extremo de que hoy es el día en que me atrevo a afirmar, por mis continuas navegaciones en la red, que Neruda es el poeta más rechazado del mundo hispánico. Con el feminismo hay que estar hasta cuando exagera, pero borrar a Neruda y entronizar a Gloria Fuertes quizá sea algo más que una exageración.

823


RAFAEL SÁNCHEZ Ferlosio también salía a la calle con una libreta y un bolígrafo, como Gide o Barthes. Así escribió la mayoría de sus aforismos llamados "pecios":
Yo solía ir por la calle provisto de una libreta y cuando se me ocurría algo lo apuntaba sirviéndome del techo de los coches como apoyo. Los pecios proceden de esas anotaciones.

 

764


LA ACTITUD con respecto a la existencia que más me gusta en el diarista es la de rechazo o inadecuación a ella, porque creo además que el diario se escribe para eso, como una secreción o respuesta a las dificultades que nos ponen los otros, dificultades entre las que se va modelando nuestro individualismo. También son Gide y Woolf los dos autores que destaco en este punto, mientras que Plath o Pizarnik, aunque también son cimas, de tan desgarradoras me causan claustrofobia lectora y me parece que incurren un poco en patología.

758


¡GIDE CON Papini! Con qué emoción religiosa he leído este fragmento del Diario de Gide, de enero de 1907, donde comparte los mismos metros cuadrados con otro de los grandes autores confesionales de siempre, antes de que llegaran a serlo:
Visita de Giovanni Papini, director de la revista Leonardo. Más joven de lo que pensaba, de rostro expresivo y casi bello. Un poco demasiado petulante; pero, aun así, menos que otros italianos que conozco. Demasiado lisonjero; aunque parece que cree en lo que dice. Como todos los italianos que conozco, está demasiado convencido de su propia importancia; al menos, la exhibe demasiado; o de una manera en que un francés no lo haría. ¡Si supiera lo que me cuesta a mí tomarme en serio…!

757


LO QUE nunca entenderé de los diarios de los escritores, y casi el único fallo que le encuentro al de Gide, es que te digan los libros que han terminado de leerse ese día. Lo que procede es que me hagan una reflexión de la obra, o al menos me copien alguna frase o fragmento, pero consignar simplemente el título no lo entiendo salvo que seas un adolescente y aún estés en la época (yo ya la sufrí) en que necesitas presumir de todo lo que lees.

756


GIDE SE fija en su diario en este pasaje de las Confesiones de Rousseau:
Hallaba yo a la señora de Houdetot tan amable amando a Saint-Lambert, que difícilmente podía imaginar que hubiese podido serlo tanto amándome a mí mismo; y no queriendo turbar su intimidad, todo lo que verdaderamente deseaba de ella en mi delirio era que se dejase amar. En fin, por más violenta que fuese mi pasión por ella, hallaba tan grato ser el confidente como el objeto de sus amores, y jamás he mirado a su amante como mi rival, sino como mi amigo.
Esto de Rousseau es el sueño de toda sissy: el de amar a una mujer que ya tenga un macho básico empotrador, para que no nos pida a nosotras que le hagamos esa monstruosidad.

748


GIDE ESTÁ obsesionado por mejorar su rendimiento como escritor y hace las pruebas más diversas para conseguirlo. Dice en su Diario:
Creyendo, tontamente, que el estudio del piano perjudicaba mi escritura, decidí renunciar por completo a él, y mantuve esta resolución firmemente durante dos meses.

El beneficio para la escritura fue nulo — el suplemento de tiempo que obtuve sencillamente lo perdí como el resto.
Yo también pensaba hace no tanto que lo mejor para hacerse escritor era convertirse en una máquina de escritura continua, pero ahora pienso al contrario: pienso que se escribe mucho mejor sin forzarse, con alegría, por puro placer lúdico. Uno de los escritores que me ha hecho llegar a esa conclusión es precisamente Gide, que malogró los mejores años de su fantástica inteligencia en escribir supuestas obras maestras que hoy están casi olvidadas, y que en cambio tiene garantizada la fama de los siglos gracias a su Diario, que lo fue escribiendo en los ratos muertos con muchas menos pretensiones que su obra "seria".

745


LEYENDO EL Diario de Gide me topo con este fragmento, el subrayado es mío:
Con Louis Rouart esperamos a Cremnitz en el salón de los pasos perdidos de la estación de tren Saint-Lazare, luego él (Louis Rouart) regresa conmigo aquí.
Al punto pienso en el diario del mismo nombre de Andrés Trapiello, que ya va (creo) por veinticuatro volúmenes. Busco en El gato encerrado, primero de la serie, pensando que quizá en las primeras páginas me encuentre la razón de ese nombre (también quiero saber lo que significa, pues soy de pueblo y no sé lo que es un salón de pasos perdidos). Finalmente me doy por vencida y le pregunto a Perplexity, que me responde así:
El diario de Andrés Trapiello se llama El salón de los pasos perdidos porque el autor toma el nombre de un espacio arquitectónico tradicional, presente en casas señoriales y palacios, donde se situaba una estancia de paso que unía el exterior con la intimidad de la vivienda. Este “salón de los pasos perdidos” era un lugar intermedio, de tránsito, donde las personas entraban y salían, y en el que, simbólicamente, se podía encontrar o perder algo, o simplemente transitar entre mundos distintos. 

Trapiello explica que sus diarios, como ese salón, son un lugar de paso que intenta conducir al lector a otros lugares, a otras experiencias o reflexiones, con la esperanza de encontrar algo en ellos. Así, el diario se convierte en un espacio literario que mezcla realidad y ficción, como la vida misma, pero también muy corregido, como la novela. El título, por tanto, es una metáfora de la vida y la literatura como lugares de tránsito y búsqueda, donde los pasos pueden perderse o encontrarse, y donde la experiencia del lector es tan importante como la del propio autor.

741


EL LIRISMO que surge de las emociones que generan los momentos críticos de la existencia es sin duda la nota que más valoro en un diario, pero no la única. Si así fuera, Francisco Umbral sería el mejor diarista del mundo. ¿Por qué Umbral, que leía tanto el diario de Gide, que se parecía a veces a Gide, que entra oblicuamente al folio como Gide, no consiguió ser Gide? La diferencia es la veracidad y la humanidad: mientras Gide entra al folio valiente, dispuesto a desangrarse de mil maneras ante el lector, dejando un reguero de verdad que zarandea e impresiona, Umbral es un cínico que solo cree en la prosa de arte y que parece que escribe para hacer dedos o para coleccionar boutades. Mientras las breverías que le suceden a Gide trascienden, Umbral las convierte en chismes; mientras Gide es de una generosidad tremenda y hasta le cuenta al lector sus impulsos pedófilos, Umbral conserva zonas ciegas en su confesionalismo, por ejemplo su mujer y su no-padre (él mismo decía que Cela le había enseñado que “de la familia no se debe hablar nunca”). De vez en cuando le visitan el rencor y la envidia, que en su caso eran muy grandes, e incurre en algunas páginas de humanidad verdadera, pero son momentos aislados y logrados a pesar de sí mismo, cuando se olvida de su proyecto meramente estético. También consigue alguna cota de verdad cuando se le murió el hijo o, en los últimos años (Un ser de lejanías), cuando empezó a asustarle la llegada de la muerte.

En definitiva: la sola inteligencia (Piglia) no me basta para ser diarista; el solo lirismo (Umbral) no me es suficiente; y tampoco la mera veracidad (Kerouac) o el solo carácter singular (Léautaud): mi diarista perfecto es valiente, veraz, culto, lírico y singular (Gide y Virginia Woolf).

734


ME COMPRÉ en epub la obra completa de Jules Renard por 1'99 euros, aprovechando que en Francia te puedes comprar la obra completa de sus mayores genios por precios ridículos, una vez que han transcurrido los setenta años que duran los derechos desde la muerte de un escritor. El problema es que la obra está en francés, pero como Google Play pone un traductor incorporado, espero leerme poco a poco su diario, que en francés tiene 1600 páginas, frente a las trescientas que como mucho tienen las versiones al español. Renard que pertenece al cogollo premium del diarismo de todos los tiempos, junto con Gide, Woolf, Jünger, Plath, Nin, Pessoa, Pla o Pizarnik.

731


ANOTA GIDE en su diario con fecha 17 de marzo de 1893:
España

Corridas de toros.
Que se mate a alguien porque está furioso, bien está; pero enfurecer a alguien para matarlo es absolutamente criminal.

Se mata al toro en estado de pecado mortal. Le ponen en él. Él solo quería pastar. Etc.
Este detalle esencial que señala Gide yo no lo conocí hasta la mayoría de edad, cuando se hizo un estudio en el Parlament catalán y se concluyó que los "toros de lidia" no son una raza, sino simples toros a los que se entrena y manipula para que embistan. Yo tuve toros en Lauros, cuando era muy pequeña, y una de las características de los toros de Lauros es que eran animales muy mansos. Siempre me preguntaba: ¿cómo es que los toros de las plazas parecen animales feroces, como salidos de sus quicios, y en cambio los míos son tan poca cosa? Con ello no quiero decir, ojo, que si no estuvieran manipulados para embestir, entrenados en las dehesas para comportarse como antitoros, pues lo que vemos en las plazas es la antinatura de un noble animal, la tauromaquia me parecería bien: me parece mal de todas formas, pero hasta que no supe que consiste en convertir a un animal manso en uno feroz no capté hasta qué punto existe sadismo en esta "fiesta nacional".

685


ANTE EL hecho de que mi admirado André Gide, de lejos el diarista más grande de siempre, fuera pedófilo con niños de diez a doce años y lo defendiera, me quedo sin saber qué decir. Escribe Frédéric Martel en su reseña del diario de Julien Green:
Más allá de sus propias tentaciones, Julien Green utiliza su diario para describir la sexualidad pedófila de Henri de Montherlant (con «pequeños árabes»), la de Klaus Mann a quien le gustan los niños «de diez años» y «de doce años» (p. 586-587) y sobre todo la de André Gide. Aquí el libro se hace insoportable cuando se trata de "niños pequeños" y niños de diez, once, doce o trece años (pág. 135, pág. 194, pág. 239, pág. 584), o incluso de un "joven escolar de dieciséis años" (pág. 134, pág. 453). Se dice que "el inmoral" Gide "manoseó a una joven que estaba en su primer comulgatorio en un vagón del metro delante de un sacerdote" (p. 419). También multiplica las aventuras sexuales con menores en Túnez (p. 595). Una anécdota, extraída de una biografía de Gide, resume estas aventuras: tras haber mantenido relaciones sexuales con una joven tunecina, André Gide le habría dicho: «Acabas de acostarte con un gran escritor. No lo olvides nunca. Me llamo François Mauriac».
Estos crímenes sexuales no necesariamente pasaron desapercibidos, incluso en su momento. En 1933, Gide fue descubierto "manoseando" a "dos niños de diez y doce años" durante una proyección de cine. Según Green, se vio obligado a huir en medio de abucheos del público, antes de tener que abandonar su hotel a toda prisa. Green, ante esta historia, escribe: «Lo que me parece escandaloso en esta aventura es que Gide se haya dejado sorprender; es muy malo para un viejo inmoralista» (p. 584). Al lector de hoy le parecerá bastante escandaloso que Green no condene a Gide por tales actos y solo por haberse dejado atrapar... Algunos dirán que tales prácticas eran comunes en aquella época; En cualquier caso, parecen muy graves para el lector de hoy y corren el riesgo de desacreditar durante mucho tiempo a estos dos defensores y practicantes de la pederastia: André Gide y Julien Green.

646


SOSPECHO QUE la literatura francesa tomó cuerpo en los salones y aledaños de la corte versallesca, esto es, en la intriga, en la murmuración, en la media verdad. Aprisionados en un ouroboros donde la menor frase inoportuna podía costar la posición social, aprendieron a ir de costado, a perfilarse, a ser dobles y triples y cuádruples: Tartufo tenía que nacer en Francia. Una de las obsesiones que más me sorprenden de esta literatura con respecto a las demás es la de “el buen gusto”, la medida, el bajo contraste, la eufonía: esa es la razón de que Gide o Valéry no le perdonaran a Victor Hugo el haber existido, porque Hugo es un autor muscular que solo tiene órganos para lo grande y aparatoso, Hugo es el mal gusto clavado en el culo de la literatura francesa, que es una literatura de las élites y para las élites. Los escritores de ese país se fueron formando en las suavidades del estilo, la etiqueta, la cortesía y de la musique avant toute chose. Mientras los demás escritores caminaban, ellos empezaron a patinar; mientras los demás golpeaban, ellos comenzaron a acariciar; mientras los demás decían, ellos empezaron a sugerir: así se forjó la mejor literatura de Occidente.

—¿Mejor que la griega?
—Mejor.
—¿Mejor que la romana?
—Mejor.
—¿Mejor que la inglesa?
—Mejor.


642


NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

506


También a Gide le gustaba la novela policíaca, o al menos la que hacía Hammet. Escribe en su diario:
16 de marzo de 1943. Leído con vivísimo interés (y por qué no atreverme a decir: con admiración) The Maltese Falcon de Dashiell Hammet, del que ya había leído, pero en traducción, la sorprendente Cosecha roja, el verano pasado, muy superior al Falcon, al Thin Man y a una cuarta novela, manifiestamente escrita por encargo y cuyo título no recuerdo en este momento. En lengua inglesa, o al menos americana, numerosas sutilezas de los diálogos se me escapaban; pero en la Cosecha roja, esos diálogos, conducidos de mano maestra, darían una lección a Hemingway y al mismo Faulkner; y todo el relato lo lleva con una habilidad, un cinismo implacables… Es, en ese género muy particular, lo más notable que he leído, me parece. Tendría curiosidad por leer la inencontrable Llave de cristal que me recomendaba tan calurosamente Malraux.