SOBRE LOS sabios que nacieron en la cima de una montaña de oro y me hablan de sufrimiento y renunciación – Epicteto es el único de los grandes estoicos al que puedo leer con paciencia, porque nació esclavo y quedó impedido físicamente desde la infancia, pero ¿quién es Séneca, patricio que según Nassim Taleb era el hombre más rico del Imperio Romano, para aconsejarme resiliencia, él que nunca supo de las calamidades de la pobreza crónica? ¿Quién es Marco Aurelio, el hombre que ocupaba la cúspide de la pirámide como emperador, posición a la que llegó con malas artes, para aconsejarme humildad y moderación?
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UNO DE mis trucos de supervivencia en los debates de Threads es utilizar el "de acuerdo al %", con el fin de manifestar mi discordancia sin que mis interlocutores se sientan del todo refutados. He aquí algunas de mis intervenciones con ese algodón:
• • • De acuerdo al 50%, porque yo nací en un pueblo donde aún había muchos analfabetos y te los podías encontrar de pronto en el pajar, llorando a solas, hablándole a una persona invisible (Dios, o su madre muerta, o vete a saber). Existen muchas formas de poesía además de la escrita.• • • De acuerdo al 50%. El diálogo a-toda-costa es un mito, a mí el que me abrió los ojos fue Žižek. Se puede dialogar con alguien próximo a ti o al menos no lejano, pero uno de Hamas no puede dialogar con un sionista radical porque el antagonismo es demasiado grande. Al final todos acabamos en el grupito opinativo que se parece a nosotros porque estar todo el día discutiendo acaba con la salud :)• • • De acuerdo al 90%. Un 35% de españoles reconoce que no leen ni un libro al año: me parece osado decir que todos son unos borregos. Existe una escuela que aboga por leer todo lo que se pueda, pero existe otra opuesta, la representada por ejemplo por Séneca o Flaubert, que sostiene que leer demasiado causa confusión en la mente y que solo deberíamos leer una y otra vez unos cuantos libros durante nuestra vida (Flaubert decía que bastaba con cinco o seis; Séneca ponía el límite en cien).
• • • De acuerdo al 90%, pero yo me leería por si acaso las diez primeras páginas, porque han existido grandes escritores (me salen enseguida los casos de Jane Austen, Ernest Hemingway, Roberto Arlt o Gabriel García Márquez) que cometían faltas de ortografía.• • • De acuerdo al 50%. La mayoría de los escritores y artistas de la historia han sido niños de papá con tutor de latín y piano en la sala. Celan o Pizarnik o Kafka o Virginia Woolf sufrieron mucho, pero el sufrimiento máximo para un artista es nacer en un lugar donde pasas hambre o ni siquiera te enseñan a leer ni escribir, esto es, donde ni siquiera tienes la posibilidad de ser escritor.• • • Contigo al 80%. En el otro 20% no estoy de acuerdo porque muchos cambios de opinión proceden de la cobardía o para acomodarse a los intereses más turbios.
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YA QUE se ha hablado tanto en estos días sobre la conveniencia o no de leer para ser palabrista, he recopilado este pequeño anecdotario histórico que espero que os guste, y prometo escribir otro en el futuro con menos sesgo masculino, pues solo he encontrado información de “señoros”. Se considera al espiritualista indio OSHO como el mayor lector de la historia, pues se leyó 150.000 libros a un ritmo de 3.000 al año. Pierre Bayard se ha leído 10.000 libros, Stalin se leyó 20.000 y el Che Guevara 3.000, todos en su adolescencia. Sartre se leía unos 200 libros al año, que languidecen al lado de los 500 anuales que se leía Sánchez Dragó, a una velocidad de 100 páginas a la hora. Caso único es el de Menéndez Pelayo, que se leía entre tres y cuatro libros cada tarde, ¡leyendo simultáneamente la página izquierda con el ojo izquierdo y la derecha con el derecho! Esto, aunque parezca imposible físicamente, parece que sí lo pueden hacer los “savant” o personas que padecen el “síndrome del sabio”, como Kim Peek, el más famoso de todos ellos, que se leyó con el mismo sistema ocular la friolera de 12.000 libros, de los que podía recordar el 98% de su contenido. Por su parte, el multimillonario Elon Musk lee 60 libros al mes y el no menos millonario Warren Buffet, que lee ocho horas cada día, recomienda al que quiera ser como él “que no baje de las quinientas páginas cada jornada”. El problema de estas cifras fabulosas es que, en la mayoría de los casos, la única prueba que tenemos es el testimonio de quienes las consiguieron, y ya sabemos que Pinocho es el patrón de los lectores.
EN EL otro bando, tenemos a los que aconsejaron leer menos pero mejor. Flaubert dictaminó que bastaría releer continuamente los mismos cinco o seis libros especiales, obras maestras que sentimos como escritas para nosotros, con el fin de aprender el arte de escribir. Nietzsche alertaba contra la lectura que solo genera erudición; Einstein recomendaba bajar la cantidad de lectura a partir de los cuarenta años, con el fin de no apagar nuestra capacidad imaginativa, que desciende con la edad, en la misma línea que “Escrito con L”, el célebre poema de Gonzalo Rojas que comienza así: “Mucha lectura envejece la imaginación / del ojo, suelta todas las abejas pero mata el zumbido / de lo invisible”. Por su parte, Valéry se limitaba a ojear la mayoría de los libros, pues le bastaba con saber “de qué iban”; y Séneca se reía de los patricios romanos que presumían de tener bibliotecas con cientos de volúmenes, “porque es imposible leer de forma cabal más de cien libros en toda la vida”. Os dejo para terminar con la conocida humorada de Woody Allen contra la lectura demasiado presurosa: “Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme “Guerra y paz” en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”.
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EL BORGES ensayista no es muy bueno en su mirada panorámica, como sí lo es por ejemplo Octavio Paz, pero está lleno de aciertos en su mirada más concreta, como por ejemplo en lo que dice sobre el famoso soneto de Quevedo, "Retirado en la paz de estos desiertos", donde subraya que el poema funciona no gracias a sus ingeniosidades o conceptismos, sino "a pesar de ellos". No soy de las que condena el ingenio en la literatura, como hacen tantos, pero creo que existe un ingenio con hueso, por ejemplo el de Séneca, por ejemplo el de Chamfort, por ejemplo el de Chesterton, y un ingenio mucho más barato, que se limita a meros esguinces lingüisticos o paradojas conceptuales, por ejemplo el de Wilde, por ejemplo el de Noel Clarasó, por ejemplo el de Pitigrilli. La insinuación de Borges me lleva a enunciar esta ley: todo texto que siga siendo bueno una vez que le quitas el ingenio, es de verdad bueno; en caso contrario, es mera exhibición pirotécnica y por tanto de una calidad menor.
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QUE FILÓSOFOS tan diversos como Séneca, Lao-Tsé o Epicuro coincidan en condenar a los charlatanes solo se explica por corporativismo profesional: al filósofo le interesa que la palabra no pierda su capacidad de influir, dirigir, dañar, iluminar, prevalecer, jerarquizar. Al decir el charlatán una cosa ahora y luego otra, al utilizar la conversación para-matar-el-tiempo, al desvalorizar las palabras y por tanto llenarlas de salud, pone en peligro el gigantesco edificio filosófico creado para dominar mediante la espada del lenguaje: el charlatán es la persona-escándalo que le quita el filo a esa espada.
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DE EMERSON me atrajo su individualismo libertario, pero se me desplomó cuando leí “Hombres representativos” y descubrí su entusiasmo por Napoleón Bonaparte. A partir de ahí ya le he cogido manía y lo leo a la contra, olvidándome enseguida de los elementos claramente humanistas de su pensamiento, así como de su ecobiologismo o sus guiños budistas e hinduístas. Mis problemas con él se concentran en que cultiva la misma ética para tarzanes que Nietzsche, a quien tanto se parece (aunque fue él quien influyó en el alemán): considera que los amigos deben ser duros, hasta crueles en su sinceridad contigo; considera que la soledad es propia de los fuertes y solo trae beneficios; cree en los genios y en la originalidad como valor supremo; piensa que uno debe hacerse a sí mismo y no quejarse; subraya de continuo la diferencia entre ser un hombre y ser un "gran hombre"… Es la clase de pensador ideal para Usain Bolt: Emerson te explica cómo debes correr los 100 metros en menos de diez segundos y, si no lo consigues, que te quede claro que la culpa la tienes tú.
¿Por qué los hombres nos suicidamos tanto en comparación con las mujeres? Razones íntimas/familiares aparte, existe toda una construcción patriarcal en la filosofía, de la que nombres como San Pablo, Séneca o Nietzsche son piedras esenciales, que nos dicen cómo debe ser el hombre santo, el hombre sabio, el hombre superior. Y claro: la desproporción entre el hombre que ellos proponen y el que nosotros llegamos a ser tras arduos esfuerzos es tan grande y nos hace sentir tan mínimos, que no es raro que a algunos les entren ganas de desaparecer.
No quiero ser un santo ni un sabio ni un ser superior. Los hombres necesitamos filósofos que nos concedan el derecho a perder, a quejarnos de nuestra soledad, a no estar a la altura. Necesitamos filósofos que respeten la fragilidad esencial del ser humano.
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SE HABLA del respeto por uno mismo como un valor incuestionable, pero yo, en las personas interesantes que conocí en Lauros, la primera mi padre, descubrí a veces lo contrario: eran personas con momentos en que cruzaban la línea del respeto propio y, convertidos en clowns o bufones, eran capaces de hablar con mucha alegría contra sí mismos, como si estuvieran cansados de la cárcel de la una-sola-personalidad. También descubro en algunos filósofos que me interesan, como Sócrates, Diógenes, Drukpa Kunley o Nietzsche, que no tienen empacho en bailar cuando hace falta, en volverse titiriteros de la filosofía, al contrario de Confucio, Aristóteles, Séneca o Kant, que son unos pelmas de sistema y catecismo. Pienso que cualquier persona lleva dentro de sí a su propia enemiga, a veces a muchos enemigos, y faltarse el respeto a sí mismo es una demostración de inteligencia y complejidad.
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SE EQUIVOCAN quienes sostienen que las antiguas obras grecolatinas que se salvaron fueron las mejores y que tanto bárbaros como cristianos y musulmanes, al destruir más del 90% o dejar que se perdieran, vinieron a hacer un donoso escrutinio de las letras, una suerte de antología de lo mejor o más memorable. Al contrario, la razón de que se hayan conservado tantas páginas de Platón o Séneca no se debe a su indudable calidad, sino a que su pensamiento era muy cercano al cristianismo, mientras que la razón de que la obra de Epicuro o de la mayor parte de los filósofos hedonistas o materialistas se haya perdido, incurias aparte, es que era refractaria a esa religión monoteísta. Por otra parte, que se hayan salvado obras como las de Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio no se debe a su reputación como historiadores, que es bastante dudosa, sino a que llenaron sus historias de anécdotas y chismes de lo más divertido. Si estos tres historiadores hubieran cubierto la crisis actual del coronavirus, estoy seguro de que habrían prescindido de cualquier interpretación estructural para entregarse a la rumorología, el morbo y la conspiranoia: contarían cómo los chinos crearon el virus en un laboratorio para destruir Occidente; cómo los médicos dejaban morir a los ancianos y se lanzaban a salvar a los más jóvenes en los tiempos en que faltaban respiradores; cómo Bill Gates metió chips en las vacunas para controlar a la población, etc. No es solo que se haya perdido el 90% del legado grecolatino, sino que el 10% que se ha conservado es muuuy sospechoso, muchas de las obras salvadas llevan grabada la palabra CULPA.
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DIFERENCIO ENTRE aforistas y fragmentistas: el aforista escribe un solo pensamiento-relámpago de cinco líneas como mucho, mientras que el fragmentista no dispara sino que desarrolla ideas que superan muchas veces las diez líneas y pueden sobrepasar el folio. La división es un poco arbitraria pero a mí me sirve porque existen aforistas tenidos por tales, como Nietzsche, Confucio, Leopardi, Adorno, Schopenhauer, La Bruyére o Marco Aurelio, que no me parecen muy buenos aforistas y en cambio son grandes fragmentistas, igual que existen otros que son grandes aforistas y fragmentistas a la vez, como Cioran, Canetti, Gracián, Séneca, Chamfort o Valéry, y en cambio otros que son especialistas en el aforismo entendido tal como yo lo entiendo, como una detonación que no se prolonga, como Publilio Siro, La Rochefoucauld, Porchia, Lec o Gómez Dávila.
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LO QUE dijo Borges sobre Lorca lo catalogo de “barbaridad” porque, aparte de la mala baba y la envidia tiña, sus declaraciones son en esencia falsas, porque Lorca murió asesinado cuando seguía elevando las bardas de su calidad literaria: lo último que salió de su minerva fueron los Sonetos del amor oscuro y La casa de Bernarda Alba, dos de sus mejores obras. Puedo entender que, si mueres de forma violenta a unas edades como la de Sócrates (70 años), la de Cicerón (64 años) o la de Séneca (61), haya quien sostenga que estos autores ya poco tenían que decir y que esa muerte se convirtió en una espléndida plataforma para subir su cotización en la posteridad. Pero con Lorca ocurre lo contrario, señor Borges: a Lorca no le vino bien morir a los 38 años, ni por razones vitales obvias ni tampoco literarias, porque su obra nunca dejó de crecer y anunciaba una muy superior, nunca sabremos de qué altura, quizá al nivel del club de los gigantes, entre los que figura por cierto usted. Si a usted lo hubieran fusilado a los 38 años, antes de escribir Ficciones o El Aleph, sus dos grandes obras maestras, ¿no cree que su gloria literaria habría sufrido una gran merma?
Lo que sí admito es que la obra de Lorca, tal como quedó a su muerte y a pesar de que es notable, no está a la altura de la fama que ha concertado, pero son dos debates distintos. ¿Le favoreció literariamente el fusilamiento a Lorca? No. ¿Ayudó esa muerte trágica a que su fama creciera por encima de los méritos que hasta entonces se había ganado? Sí. Recordemos que en las numerosas clasificaciones de los cien mejores autores o libros de la historia, que salen de forma periódica en todo el mundo, Lorca es el único autor español que a veces acompaña a Cervantes en las listas. Y Lorca es bueno, pero... ¿mejor que Lope o Quevedo? ¡Vamos, hombre!
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EL PROBLEMA que tengo con Séneca es la rigidez. Normal que elogie tanto a Catón de Útica, otro rígido. Conocí en Vizcaya a muchas personas de esas, cuya constante es que siempre tienen razón y llevan la moral a extremos tan cómicos que se olvidan de algo superior, que es la comprensión: las personas buenas comprenden, saben que es normal que la gente tenga defectos o errores y muestran ante ellos paciencia y manga ancha. Una persona rígida, en cambio, prefiere ser mala persona pero tener razón, es alguien que está esperando cualquier minifallo tuyo para colocarte sermones como los de Séneca, si bien no del mismo nivel literario que los del cordobés, que reconozco que es muy alto.
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EN LA epístola 95, Séneca detalla a Lucilio algunos ejemplos del libertinaje al que se habían abandonado los romanos… ¡y también las romanas! Atención a lo que más le molesta a Séneca, el subrayado es mío:
Las mujeres no menos que ellos pasan las noches en vela, no menos se entregan a la bebida y rivalizan con los varones en la palestra y en el vino puro; igualmente arrojan por la boca los alimentos que han ingerido violentando el estómago y devuelven en el vómito todo sorbo de vino; igualmente chupan el hielo para aliviar al estómago ardiente. Ni siquiera ceden a los hombres en cuanto al placer sexual: destinadas por naturaleza a la pasividad del acto han discurrido (¡los dioses y las diosas las maldigan!) una forma tan perversa de desvergüenza que son ellas las que penetran a los hombres.
Claro, si las mujeres empiezan a penetrarnos a nosotros, el edificio de la pasividad femenina se resquebraja y viene el fin del mundo, jajaja. A ver cómo le explicas a un tipo tan rígido como Séneca que el agujero del culo es también un órgano de goce sexual, uno más, y no hay nada malo en utilizarlo, lo mismo ellas que nosotros. Leyendo este texto adivinas el grado de libertad que llegó a alcanzar la mujer en aquella época, además del triunfo de la filosofía epicúrea sobre las filosofías rigoristas. Ya es lástima que la mayor parte de la filosofía hedonista de la Roma Antigua se haya perdido y en cambio los cristianos se dedicaran a conservar todos los Sénecas habidos y por haber.
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...PERO SÉNECA no está en contra de todo tipo de ambición, como sí lo está por ejemplo Chamfort, sino que defiende la literaria, filosófica o artística. En la carta 21 saca a pasear su ego y demuestra que era más que consciente de su estatura como filósofo:
Te contaré el caso de Epicuro. Escribiendo a Idomeneo con el propósito de encaminarle de una vida, atractiva en apariencia, hacia la gloria firme y duradera, así le decía al entonces ministro del poder real, ocupado en grandes asuntos: «Si te atrae la gloria, mis cartas te harán más famoso que todas esas tareas que tanto aprecias y por las que eres tan apreciado».
¿Es que por ventura mintió? ¿Quién conocería a Idomeneo, si Epicuro no lo hubiera introducido en sus cartas? Todos aquellos magnates y sátrapas, y hasta el mismo rey que había otorgado el título a Idomeneo, se perdieron en un olvido profundo. Las cartas de Cicerón no permiten que se borre el nombre de Ático; a éste de nada le hubieran servido su yerno Agripa, el marido de su nieta, Tiberio, o su biznieto Druso César; entre nombres tan ilustres se le silenciaría, de no haberlo asociado a su persona Cicerón.
La inmensa duración del tiempo se abatirá sobre nosotros; pocos serán los genios que levanten cabeza, y aunque abocados a perderse alguna vez en el silencio, común a todos, resistirán al olvido y se sustraerán a él largo tiempo. La promesa que pudo hacer Epicuro a su amigo, esa te la hago yo a ti, Lucilio: alcanzaré el favor de la posteridad y puedo conseguir que otros nombres perduren con el mío.
La ambición literaria yo también la padezco y tengo dudas de que sea buena, pero parece claro que hace menos daño tratar de escribir otra Divina Comedia que tratar de invadir Polonia, y además ya advertía Bertrand Russell: "Quien quiera apartar a los seres humanos de la guerra, trate de encontrar actividades incruentas que la sustituyan".
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LLEVO SEMANAS releyendo cada día una o dos cartas de las Epístolas morales a Lucilio, de Séneca, libro que leí por primera vez hace diez años y que ya voy terminando. Séneca es un escritor de verdad grande, poseedor de una prosa poderosa, cuajada de destellos y frases afortunadas (creo que es el primer escritor célebre que se encargó él mismo de hacer compilaciones de los mejores aforismos de sus obras), además de un dramaturgo infravalorado, pero como filósofo es un rigorista y un pelma, de esos que piensan que la sabiduría consiste en acumular noes, razón por la que me es difícil leer muchas de sus epístolas seguidas sin ponerme de mal café. A Séneca le parece mal que llores, que estés triste, que estés eufórico, que odies, que no tengas autocontrol, que no tengas voluntad, que hables mucho, que leas libros por divertirte, que leas demasiados libros, que te entregues al placer..., es un autor que esconde un cura debajo del filósofo (con razón el cristianismo se apropió de su obra). Pero mira por dónde que hoy he obtenido mi pequeña venganza. Huyendo de Séneca, he comenzado a leer La cultura de la contracultura, de Alan Watts, y al de poco me encuentro con este fragmento donde el orientalista inglés, sin pretenderlo, hace una condena absoluta de la filosofía de Séneca:
Lo más problemático para el occidental no son tanto sus luchas contra las otras personas como sus luchas contra sus propios sentimientos, contra lo que se va o no se va a permitir sentir. Se avergüenza de sentirse profundamente triste. Llorar no es de hombres. Se siente avergonzado de aborrecer a alguien porque le han dicho que no tenía que odiar a nadie. Se avergüenza de rendirse ante la belleza —ya sea de un paisaje natural o de un miembro del sexo opuesto— porque rendirse significa estar fuera de control. A raíz de esta represión acaba perdiendo su salud mental. Siempre estamos fuera de control cuando no aceptamos nuestros sentimientos, cuando intentamos hacer que nuestra vida interior sea distinta de lo que es.
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ALGUNA VEZ me he preguntado, por la cantidad de anécdotas literarias que he vertido en la red desde 2007, si no seré yo como aquel Dídimo al que denuncia Séneca en la epístola 88 de Epístolas morales a Lucilio:
El excesivo afán de cultura y erudición hace a los hombres pedantes, verbosos, importunos, pagados de sí mismos y no aprendedores de las cosas necesarias por haberse aprendido las superfluas. Cuatro mil libros aseguran que escribió el gramático Dídimo: con que tantísimas futilidades las hubiese solamente leído, ya sería para tenerle lástima. Porque en esos libros se pregunta por la patria de Homero, por la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte fue o no más libidinoso que borracho, si Safo fue o no mujer pública, y otras muchas cosas que, si las supieses, deberías más bien desaprenderlas.
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INSISTE SÉNECA en las Epístolas Morales a Lucilio en considerar el suicidio de Catón de Útica como uno de los actos más meritorios que haya cometido un ser humano. Otro tanto dice Montaigne en sus ensayos. Pero yo me pregunto, ¿cómo va a ser digno de aplauso un suicidio por orgullo? Catón podía haber continuado su vida, exiliarse, haber escrito libros o convertirse en el gusano de la conciencia de Julio César, siguiendo con su defensa del senado y de los valores republicanos; si se suicidó, fue precisamente porque sabía que César le iba a perdonar, un desdoro al que no estaba dispuesto a rebajarse. ¿Que su decisión de suicidarse fue de una valentía impresionante? Desde luego, pero nada loable.
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LOS ENSAYOS de Montaigne me los leí por primera vez hace diez años y ya me parecieron una obra extraordinaria que, sin embargo, no me llenaba: para mi gusto le sobraban paños calientes y le faltaban esas descargas eléctricas tan estimadas por un lector carnívoro como yo. Pero ahora me los he leído por segunda vez y me he reprochado mi ceguera: este libro es un verdadero caballo de troya contra el dogmatismo, esto es, contra el cristianismo, y se debe leer entre líneas porque los modos con que se dirige Montaigne al lector son los del contrabandista: aunque nos pone en el mostrador a Séneca y Plutarco, los que a menudo le gustan son Epicuro y Pirrón; y aunque nos dice que el cristianismo es la religión verdadera, lo que ocurre realmente es que esa religión está ausente del libro, cuyos modos (relativismo, perspectivismo, egotismo, escepticismo, minimalismo, culto al cuerpo, tolerancia) son una acusación contra ella. Montaigne debía saber muy bien el peligro que corría al coquetear con el epicureísmo: recordemos que comenzó a escribir esta obra en 1572 y todavía en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo por defender la cosmografía de Lucrecio. Tras su muerte sus Ensayos fueron incluidos en el Índice de Libros Prohibidos.
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LA MAGNITUD de Montaigne se prueba en que se sigue discutiendo si fue un estoico, un escéptico o un epicúreo. Parece un contrasentido ser estoico y epicúreo a la vez, teniendo en cuenta que el propio Séneca hablaba de sus lecturas de Epicuro como “incursiones en campamento enemigo”, pero la modernidad de Montaigne consiste precisamente en que consigue hacernos creíbles sus contradicciones: él reivindica su personalidad entera, cambiante, paradójica, y se da derecho a ser estoico los martes, escéptico los miércoles y epicúreo los jueves, dependiendo de las situaciones, las circunstancias o los cambios en su estado de ánimo.
Todo el mundo escribe, incluso yo
“EL PROBLEMA es que ahora todo el mundo escribe”, se clama en tono desdeñoso y con residuo aristocrático, ignorando que el “ahora” está de sobra porque llevamos más de dos mil años con esa frasecita y ya Cicerón decía: “Estos son malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. El mismo Cicerón también señaló que necesitaría dos vidas para leer a todos los poetas líricos de su época, a lo que Séneca le contesta: “Lo mismo podría decir yo si tuviera que leerme a los dialécticos”. Y Marcial, cuando le preguntaban por qué no se prodigaba en leer sus poemas, solía contestar: “Para no tener que escuchar los vuestros”. Y sin embargo, ese “todo el mundo” latino, ¿cómo se puede sostener si entre el 70 y 90% de sus habitantes eran esclavos?
En los siglos siguientes no paró la incontinencia del verso. Según el centro de documentación maricrónico, fue tal la floración de poetas durante la dinastía Tang, que cuando diez siglos después se intentó hacer una antología de aquella época, no pudieron incluir menos de ¡2200! Poco después la Sevilla del rey Al-Mutamid se convirtió, en palabras del arabista Emilio García Gómez, en el “primer estado al servicio de la poesía”, en la que el conocimiento de este arte era conditio sine qua non para figurar en la corte. En la zona cristiana, Giraldo de Riquier se indigna ante los “cazurros”, variedad de infra-juglares que recitaban versos en las plazas, y envía una carta a Alfonso X para que les ponga coto y no pueda recitar “cualquiera”. Nace un género satírico dedicado a mofarse de la cantidad de poetas y de lo prolífico de sus obras, cuyo cultivador máximo es Quevedo, y Madrid se convierte en tal abejero de bardos que Lope de Vega, en una de las rimas de su Tomé de Burguillos, escribe este endecasílabo: “Y en cada calle cuatro mil poetas”. Y sin embargo, en ese “todo el mundo”, ¿incluían a la población analfabeta, que era mayoritaria?
Llegamos a la Edad Moderna y los poetas sigue aumentando. En la Florencia del siglo XIX, cuenta Leopardi que era milagroso el día en que lograbas llegar a tu casa sin que ningún poetastro, estratégicamente situado en alguna esquina, te abordara para colocarte algún poema, y Emilio Carrere, en un artículo, se lamenta de que los periódicos hubieran dejado de pagar los poemas porque sus directores sostenían que "todo el mundo escribe versos”. Y sin embargo, a pesar de que la imprenta hacía siglos que ya funcionaba a todo trapo y los índices de alfabetización crecían… ¿entraban en ese “todo el mundo” las mujeres y los habitantes de las zonas rurales?
Y alcanzamos al fin 2023, y aquí alguno me dirá: “Vanessa, basta. Ahora sí que escribe de verdad todo el mundo”. Y sí, reconozco que en Madrid hemos llegado a un grado de colapso que es difícil de superar, con personajillos que hasta escriben en los cubos de basura, pero la gente olvida que no todo es Madrid y todavía existen, según datos de la Unesco, 758 millones de analfabetos en el mundo y que, por otra parte, todavía hay 2500 millones de personas sin acceso a Internet, que es el medio que ha permitido en la poesía la última multiplicación de los panes y los peces.
Ocurre que en casi todas las épocas ha escrito un “todo el mundo” donde falta gran parte del mundo. Y no entro a considerar si es bueno o malo que escriban todos (asunto muy distinto es que publiquen, máxime si lo hacen en papel o son de esos inescrupulosos que consiguen listas de correos ajenas y te inundan el tuyo con el spam de sus presentaciones), pero sí me sorprende mucho que a menudo sean escritores los que pronuncien esa frase con tanto asco, como si los únicos imprescindibles fueran ellos. De hecho, por un mínimo de honestidad intelectual, el escritor que la pronuncia tendría que hacerle un añadido, el siguiente: “El problema es que ahora todo el mundo escribe. INCLUSO YO”.
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DICE SÉNECA en sus Epístolas morales a Lucilio que el estoico debe aguantarse las lágrimas en el entierro de su hijo. También dice en otra parte del libro que “el sabio perfecto” solo surge en la tierra una vez cada 500 años. Desde luego, si ese sabio debe cumplir la montaña de noes que predica Séneca, quinientos años me parecen pocos y un millón también. Porque, para empezar, ¿qué problema ve este hombre en que un padre llore en el entierro de su hijo?
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