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ES INCREÍBLE, es vergonzoso, es intolerable la cantidad de años que la izquierda europea estuvo fascinada o secuestrada por el comunismo soviético. La famosa obra de Orwell, Rebelión en la granja, por ejemplo, permaneció durante un año pasando de editor en editor y de agente en agente, sin que nadie se atreviera a publicarla. Estaba a punto de concluir la Segunda Guerra Mundial y la Unión Soviética ya se atisbaba como el nuevo gigante planetario, por lo que nadie quería sufrir las consecuencias. Hasta un poeta tan poco sospechoso de izquierdismo como T. S. Eliot, que se encargaba del sello Faber, no quiso dar el paso y le reprochó a Orwell: “¿Tenía que ser el cerdo el animal que representara a los bolcheviques?”.


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Dice Thoreau en sus diarios:
A fuerza de beber té y café me he convertido en una persona ordinaria y vulgar. Mis días se han convertido en mediodías, sin la bendita presencia de mañanas y noches.
Yo también creo que el café descuaderna los ritmos circadianos, pero trabajo de noche y necesito tomar un poco cada tres o cuatro horas, no para permanecer despierta, que me es bastante fácil, sino lo bastante despierta como para leer o escribir, que es arenal distinto.

Esta bebida tiene una gran historia de amor con los escritores: Voltaire, el récordman, lo tomaba entre 50 y 72 veces al día; Balzac murió a los 51 tacos a causa de las 50 tazas diarias que necesitaba para escribir La Comedia Humana; y Proust solo tomaba café con leche y croissants para escribir En busca del tiempo perdido. Otros cafeinómanos célebres: Swift, T.S. Eliot, Goethe, Capote, Cioran...



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EXISTEN TRES Nerudas políticos: el primero es el anarquista juvenil que escribe “Patria, palabra triste como termómetro o ascensor”; el segundo es el comunista intransigente y nacionalista; el tercero es el hombre desencantado, comunista pero con un tono más suave, después de la revelación de los crímenes de Stalin y de su ruptura con los intelectuales castristas. El peor Neruda, sin duda, es el de la segunda etapa, donde se muestra de un nacionalismo rabioso. Veamos cómo responde a Enrique Bello en una entrevista con fecha de 28 de noviembre de 1952:
Tenemos la influencia de novelistas como Faulkner, llenos de perversidad, o poetas como Eliot, falso místico reaccionario, que dispone de un cielo particular para la nobleza británica. Y no es por casualidad que estos dos escritores reciben el Premio Nobel, coronación y premio que da una sociedad agonizante a sus propios enterradores. Si lee uno las revistas de nuestra América, del Uruguay y de Panamá, se ve la preocupación cosmopolita, el deseo de no dejar número sin mencionar al ideólogo nazi Heidegger, o al destructivo Sartre. Este es el reflejo del cosmopolitismo y de la desnacionalización de los actuales dirigentes de nuestra sociedad criolla. La capa superintelectual se aleja de nuestros problemas y de la lucha del pueblo con sus episodios conmovedores y su grandeza. Vemos revistas, como “Sur” de Buenos Aires, que consagran números enteros a espías internacionales y cosmopolitas.