Mostrando entradas con la etiqueta Gogol Nicolae. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gogol Nicolae. Mostrar todas las entradas

700


PENSANDO ESTA tarde en las hogueras de Nietzsche. No sé dónde leí (¿en algún cuaderno de Jiménez Lozano?) que Nietzsche se puso a encender hogueras en las montañas de los Alpes para superar su ruptura con Lou Andreas Salomé. Hacía una hoguera y daba rienda a su tristeza hasta que se consumía, después se iba trescientos metros más allá y hacía otra, y así. Es una anécdota muy bonita que me lleva a otra mucho más esencial, la de Lou recalcándoles a Nietzsche y a Ree que no estaba interesada en el sexo, que no quería eso, causándole a Nietzsche el efecto contrario, pues la pretendió más a raíz de esa revelación, igual que yo pretendí más a Iratxe cuando me dijo que odiaba la penetración. También hay otra historia famosa por ahí, de una mujer que se pone muy erótica con Nietzsche... y Nietzsche lo pasa tan mal que al final escapa por la ventana.

Si hay un secreto en Nietzsche es que está aterrado ante las mujeres, a las que desea con locura pero a las que no se quiere follar (no sabemos por qué, aunque Safranski dice que los rumores no demostrados sobre su homosexualidad ya eran corrientes en su época). Igual tiene lo mismo que yo, si supiera lo que tengo yo :) Esta confusión sexual contribuye a que Nietzsche no se asiente como persona ni como personaje público: todos los testimonios que tenemos sobre él, incluidos los de sus amigos, es que el más brillante de los escritores no era una persona brillante en las reuniones sociales. Pocas cosas aíslan más que una disfunción sexual (Gogol, Pessoa, Borges): el que no se comprende sexualmente se sitúa fuera de la sociedad y a menudo contra ella.


449


EL AUTOR con tendencias moralizantes (una misma) está condenado a escribir poemas, aforismos, ensayos o diarios si no quiere malograr su obra, pues toda ficción que emprenda va a quedar arruinada por su necesidad de dirigir, su inevitable tendencia a obligar a los personajes a que hagan o digan eso. Algún moralista que otro consiguió escribir buenas obras de ficción, pero los que no eran moralistas las escribieron mucho mejores. Si examinas obras con mensaje como Cándido, de Voltaire, Tarás Bulba, de Gogol, Rebelión en la granja, de Orwell, y las comparas con Bartleby, el escribiente, de Melville, El extranjero, de Camus, o El proceso, de Kafka, te das cuenta de que en las primeras se nota demasiado el andamio, sus personajes corresponden a unos arquetipos dispuestos para que encajen en el mensaje final; en las segundas, en cambio, los personajes disfrutan de libertad y el único mensaje final que nos dejan es el de la complejidad e incertidumbre de esta existencia. Mientras las primeras son alegorías de la vida, las segundas son la vida misma, refractaria a meterse en cajas.