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IGNACIO CARRIÓN coincide conmigo en sus diarios La hierba crece despacio
El inglés es un idioma que tiende a lo concreto. Va to the point. El español, no. El idioma español, al menos en la pluma y la boca del español, tiende a lo abstracto, se pierde en las generalidades. Es retórico.

El inglés no es retórico. Es pragmático. Como herramienta de trabajo, el idioma inglés resulta vital. Sirve perfectamente –es decir con claridad y sentido de la economía– el propósito que se le encomienda.

Cuando pienso en los escritores españoles alérgicos a la retórica (lo mismo que en los políticos u otra clase de intelectuales) me resulta imposible seleccionar más de uno. Pío Baroja pudo haber sido inglés. ¿Qué otros?

Esto se advierte incluso en los periódicos. ¿Cuándo volveremos a tener aquí plumas directas como la de un Julio Camba? Fuera, en el mismo EE.UU., tienen a varios columnistas que en pocas líneas dicen lo que quieren, y quieren decir poco pero con una absoluta transparencia. La claridad de Andy Rooney, de Russell Baker me gusta.

No la llames lengua española, llámala chacharandés. Añadiría a Roberto Bolaño (que era barojiano) como el ultimo escritor no retórico que ha dado el español.


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EN THREADS pululan turbas de talleristas que siguen con la matraca de que un escritor no puede cometer redundancias (cuando el propio Cervantes escribe "subir arriba" o "bajar abajo" como recursos de intensificación), o no puede repetir la misma palabra en el mismo párrafo (como hacen Baroja o Bolaño a sabiendas), o no puede cometer asonancias o cacofonías. A esto último les he contestado con este fragmento de un artículo de Unamuno del 5 de mayo de 1913, titulado "Orfebrería literaria", y, como decía mi padre, se han quedado "borrados":
Todo esto de las cacofonías y las asonancias y demás bobadas no son más que eso: bobadas. ¿De dónde has sacado que el repetir una misma sílaba en pocas palabras es cacofónico? Tonterías de preceptivos que, no teniendo nada que decir, inventan dificultades técnicas artificiosas para atribuirse el mérito de vencerlas. La mayor parte de esas reglas que se dice fundadas en principios intrínsecos de buen gusto, no son tales. Se han hecho un oído preceptivo, artificioso, y están sordos por dentro. Y no quiero decir sordos a la idea, al pensamiento desnudo de lenguaje –si es que tal cabe–, sino sordos a la música íntima, a la entrañada armonía, y armonía acústica, por supuesto. Porque hasta como música, esa prosa de ebanistería es insoportable. Y monótona. Se oye en ella el chirrido de la muñequilla, que da dentera. ¡Que se te quite la manía de la perfección, hombre! Sin andas con eso de la perfección, acabarás por no hacer nada vivo. Y lo que no es vivo, ni se tiene en pie ni dura.

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DICE PIZARNIK en sus diarios que, empezada a leer la famosa antología que hizo Gerardo Diego, la dejó a la mitad porque los poetas de la Generación del 27 le parecían “vacuos y formales”. Claro. La Generación del 27 (como la del 98, aunque esta es bastante mejor) es un invento patriótico nacido en un momento en que los estados-nación necesitan la literatura en las escuelas para cohesionar a la población y dotarla de identidad, esto es, para que sus ciudadanos acepten sin rechistar la obligación de ir a una guerra o la de pagar a escote los 100.000 millones de euros de una deuda privada. La literatura que se produjo desde Jorge Manrique hasta Calderón de la Barca, cuando España solo existía como geografía y no se necesitaba presumir de literatura nacional, se podía medir a lo mejor del mundo (Papini sostenía, incluso, que la española era entre las antiguas la mejor de todas); la que se ha creado en España entre finales del XIX y la primera mitad del siglo XX, aunque supone un salto con respecto a la que se venía haciendo en los doscientos años anteriores, ni en sueños se puede acercar a lo que se ha hecho en el mundo desde Baudelaire hasta Faulkner. Con razón seguía diciendo Borges, aún en los años ochenta: “La literatura española está en decadencia desde el siglo XVII”; y Bolaño sugería: “Probablemente, la literatura argentina es la mejor literatura en español del siglo XX”.