Mostrando entradas con la etiqueta Baroja Pío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Baroja Pío. Mostrar todas las entradas

859


¿PERO TAN antisemita era Baroja? Ya le conocía esa fobia, pero no pensaba que llegara hasta lo físico, como me parece que sugiere Ramón J. Sender en su libro de memorias Álbum de radiografías secretas:
Durante aquellos días de París, conocí también a Waldo Frank y comí con él y con Pío Baroja en el restaurante vasco de mis amigos los Rementería. Como Baroja era antisemita y Waldo Frank judío, la comida resultó un poco incómoda. Waldo Frank era un hombre sociable y fácilmente comunicativo, mientras Baroja se encerraba en sus prejuicios y lo oía sin escucharlo. Podía ser estulto, Baroja, aunque de una manera distinta que Unamuno.

 

853


IGNACIO CARRIÓN coincide conmigo en sus diarios La hierba crece despacio
El inglés es un idioma que tiende a lo concreto. Va to the point. El español, no. El idioma español, al menos en la pluma y la boca del español, tiende a lo abstracto, se pierde en las generalidades. Es retórico.

El inglés no es retórico. Es pragmático. Como herramienta de trabajo, el idioma inglés resulta vital. Sirve perfectamente –es decir con claridad y sentido de la economía– el propósito que se le encomienda.

Cuando pienso en los escritores españoles alérgicos a la retórica (lo mismo que en los políticos u otra clase de intelectuales) me resulta imposible seleccionar más de uno. Pío Baroja pudo haber sido inglés. ¿Qué otros?

Esto se advierte incluso en los periódicos. ¿Cuándo volveremos a tener aquí plumas directas como la de un Julio Camba? Fuera, en el mismo EE.UU., tienen a varios columnistas que en pocas líneas dicen lo que quieren, y quieren decir poco pero con una absoluta transparencia. La claridad de Andy Rooney, de Russell Baker me gusta.

No la llames lengua española, llámala chacharandés. Añadiría a Roberto Bolaño (que era barojiano) como el ultimo escritor no retórico que ha dado el español.


851


RELEYENDO ESTA troya de Borges contra Baroja, pienso que se ha estudiado poco la relación entre ellos: yo sugiero que el vasco enseñó al bonaerense algunas malas artes, sobre todo la de hacerse odioso a los ojos de todos. Sabido es que Baroja puso a parir a todos los escritores contemporáneos, sobre todo cuando ya estaban muertos, camino que enseguida tomó Borges; también es conocido que Baroja se convirtió en las últimas décadas de su vida en azote del comunismo, igual que llegaría a convertirse Borges; y que también coincidieron en sostener públicamente opiniones terroristas sobre algunas colectividades territoriales. En lo que respecta a Baroja, los hispanoamericanos eran para él "monos que imitan", los franceses vanos y fachadistas; San Sebastián "lamentable" y los donostiarras "infragente"; Valencia "repugnante" y los valencianos "el pueblo más antipático de España"; mientras que los escritores catalanes le parecían tan malos que "leerlos es como ir al dentista". A Borges, por su parte, los madrileños le parecían "provincianos", los catalanes "farsantes"; los estadounidenses "groseros y analfabetos"; Brasil no le gustaba "porque está lleno de negros"; Uruguay le parecía "un suburbio siniestro de Buenos Aires"; México le era "demasiado mexicano", mientras que los vascos le parecían inútiles, "más inservibles que los negros".

Se comprende que lograran hacerse odiosos y que hasta se hicieran chistes sobre ellos. De Baroja se decía que, si fuera en avioneta, "le costaría encontrar una tierra de la que no hubiera hablado mal para poder aterrizar". De Borges, por su parte, se decía que era la demostración de que Dios no existía "porque si Dios existiera, habría hecho a Borges mudo y no ciego".

795


HABLANDO DEL Borges de Bioy, el 22 de diciembre de 1964 el propio Bioy Casares arremete contra el principal problema de la literatura española, que es más problema por cuanto los autores españoles no lo consideran como tal:
Le digo a Borges que en las Memorias de un cortesano de 1815 encontré párrafos en que Galdós, borracho por el idioma, se aparta del tema, de la psicología del narrador. Padece de la misma incapacidad nacional para contar las cosas llanamente, con un idioma que sirva de medio de comunicación; invisible y adecuado. Por momentos desaparece el cortesano de 1815 y aparece el literato, aparece Larreta, aparece el padre Mir. Yo no esperaba eso de Galdós. Mis recuerdos eran de una pobreza llana.
Sobre este tema del que ya he hablado mucho, pienso en Baroja y Unamuno. Sabido es que Baroja y Unamuno nacieron en dos ciudades vascas, San Sebastián y Bilbao, que, aunque de clara filiación española (lo eusquérico está en los pueblos), les impidieron aprender y aprehender un buen castellano. Los dos tienen además, o como consecuencia, el oído muy duro para el idioma. Esta aparente desventaja, sin embargo, en ellos se convirtió en una ventaja, porque casi son los únicos clásicos de la literatura española (con Julio Camba) que, como desconfían de sus facultades como artífices del lenguaje, no se ponen a llenar de vegetación sus textos. A menudo se dice que Baroja y Unamuno son grandes “a pesar del estilo”: yo digo que gracias a sus estilos, que son dos estilos de la eficacia, llegaron a ser escritores notables, frente a la incontinencia palabrera de la marabunta.

794


IBA A decir que el punto superior que tiene el Borges de Bioy, con respecto al Goethe de Eckermann y el Johnson de Boswell (quede claro que los tres libros me parecen un monumento), es que Bioy mantiene con el protagonista una actitud digna e incluso inter pares, frente a la clara relación arriba/abajo de los otros dos, pero pensándolo bien al final me he dicho: ¿en qué parte del libro, vamos a ver, Bioy se atreve a llevarle la contraria a Borges? Solo me he acordado de un momento (habrá más, claro), cuando Bioy le dice a Borges que detesta a Unamuno (a Borges le gustaba el bilbaíno más veces de las que lo criticaba) y que en cambio estaría dispuesto a ser miembro de una Sociedad de Amigos de Baroja, escritor al que el autor de El Aleph consideraba un zoquete: ahí se acaban todas las discordancias que recuerdo en 1663 páginas, si bien en la próxima lectura hago propósito de buscar más puntos de opinión disímil. También en las últimas páginas, a raíz de que Borges le abandonara, Bioy parece un poco resentido... ¡pero todo su resentimiento lo gasta contra María Kodama, a la que viene a hacer responsable de su ruptura! Comprendo sin embargo a Bioy porque a mí me pasa lo mismo: es muy difícil conducirte contra alguien al que sigues admirando. 

Aclaro que el “Borges” yo no lo veo como una traición/venganza de Bioy a su amigo, como denunció Kodama, sino como un pedazo de homenaje de 1663 páginas, donde se puede seguir la trayectoria de las opiniones borgeanas durante cuatro décadas, libro que supera con mucho al Borges entrevistado por Carrizo, Alifano, Buckley, Queralt, Burgin, Ferrari, etc, que es un Borges que no me gusta porque las entrevistas son muy cortas y en ellas abusa de la ocurrencia gratuita, en la que a pesar de ser muy celebrado nunca pasó de ser un subWilde. El Borges oral de calidad, que vuelve una y otra vez a los mismos autores pero con detalles diferentes, está en las treinta horas de lectura de este libro magno de Bioy.

677


EN THREADS pululan turbas de talleristas que siguen con la matraca de que un escritor no puede cometer redundancias (cuando el propio Cervantes escribe "subir arriba" o "bajar abajo" como recursos de intensificación), o no puede repetir la misma palabra en el mismo párrafo (como hacen Baroja o Bolaño a sabiendas), o no puede cometer asonancias o cacofonías. A esto último les he contestado con este fragmento de un artículo de Unamuno del 5 de mayo de 1913, titulado "Orfebrería literaria", y, como decía mi padre, se han quedado "borrados":
Todo esto de las cacofonías y las asonancias y demás bobadas no son más que eso: bobadas. ¿De dónde has sacado que el repetir una misma sílaba en pocas palabras es cacofónico? Tonterías de preceptivos que, no teniendo nada que decir, inventan dificultades técnicas artificiosas para atribuirse el mérito de vencerlas. La mayor parte de esas reglas que se dice fundadas en principios intrínsecos de buen gusto, no son tales. Se han hecho un oído preceptivo, artificioso, y están sordos por dentro. Y no quiero decir sordos a la idea, al pensamiento desnudo de lenguaje –si es que tal cabe–, sino sordos a la música íntima, a la entrañada armonía, y armonía acústica, por supuesto. Porque hasta como música, esa prosa de ebanistería es insoportable. Y monótona. Se oye en ella el chirrido de la muñequilla, que da dentera. ¡Que se te quite la manía de la perfección, hombre! Sin andas con eso de la perfección, acabarás por no hacer nada vivo. Y lo que no es vivo, ni se tiene en pie ni dura.

624


...Y DEL rechazo de Borges/Bioy al de Azorín/Baroja. Cuenta Moreno Villa en sus memorias Vida en claro que Pío Baroja pensaba que Picasso pintaba así "porque no sabía dibujar":
A mí me recreaba salir de aquel ambiente juvenil y ponerme a pasear con Azorín y Baroja, que no entendían nada de los movimientos modernos. Recuerdo que en uno de estos paseos desfilamos por delante de una frutería de la calle Mayor, cuyas hermosas frutas, variadísimas en color y formas y tamaños, estaban colocadas verticalmente. Azorín me dijo señalando hacia la frutería: “Un cuadro cubista”. Lo mismo le pasó con el “Superrealismo”. Y en cuanto a Baroja, todo lo resolvía con negaciones: “Eso es una tontería. Eso no va a ninguna parte. ¡Bah!, majaderías. Picasso no sabe dibujar”.
Por si queda alguien que siga creyendo que Picasso no sabía dibujar, os dejo este vídeo de Rafael López Borrego en Youtube para que veáis cómo pintaba ya el malacitano cuando contaba con solo quince años.

548


BAROJA ERA un hombre que padecía de bulimia opinadora y habló mal de todos sus contemporáneos salvo de Azorín, que era su amigo, pero leyendo las memorias de Zamacois, Un hombre que se va…, descubro que también, TAMBIÉN hablaba mal de Azorín. Escribe Zamacois:
Ninguna figura más opuesta a la de Baroja que la de Azorín: gentleman perfecto, alto, tieso, mudo, enigmático, recién planchado todo él de pies a cabeza. A esto y a su terminante desemejanza espiritual, atribuyo su estrecha amistad. Para los dos, juntarse era completarse. Porque si Azorín, hermético como Arpócrates –el dios egipcio del silencio– gustaba de que alguien le hablase, a don Pío, que no sabía estarse callado, le era indispensable que alguien le oyese. Una vez, sin embargo, Baroja me preguntó con la ansiedad de quien necesita desvanecer una duda:
–¿Cree usted que Azorín tiene talento?...
Interrogación inconcebible en boca de don Pío.
–Yo creo que sí –repuse.
Se haló de la barba, se encogió de hombros, y me dijo con ademán desganado:
–Pues, yo creo que no, porque quien tiene algo en la cabeza lo echa fuera, lo dice, y Azorín nunca dice nada.


471


ASÍ EXPLICA José Hierro, en su crítica al primer poemario de Pío Baroja, Baladas del suburbio, por qué es complicado comenzar a escribir poesía a los 60 años, como había hecho el novelista guipuzcoano:
No es que la edad de 60 años no sea apta para escribir poesía, sino que resulta inadecuada para comenzar a escribirla quien se ha dedicado antes a otro quehacer literario. No recuerdo ningún Rimbaud al revés. La obra del poeta exige juventud para comenzar, tolera la madurez y es enemiga de la ancianidad, sobre todo de una ancianidad “maleada” en la novelística. La poesía surge cuando el ser humano siente la necesidad de confesarse en voz alta, de incendiar el mundo con su gozo o ensombrecerlo con su amargura.

372


TODO PAÍS se dota de un equipo de patrioliteratos, críticos profesionales o no (pienso en Menéndez Pelayo, en Menéndez Pidal, en Gregorio Marañón, en Salvador de Madariaga, en Dámaso Alonso), que, después de unir con loctite a los escritores según los kilómetros cuadrados donde han nacido, y formados ya los equipos, se dedican a destacar las cualidades del equipo previamente definido como propio contra las del equipo restante, que es todo el mundo. El problema de estos críticos de bufanda, cuyas opiniones conocemos de antemano (la literatura de mi país es la reoca y tal), es que sus opiniones no siempre coinciden con las de los grandes escritores de la época, que leen atendiendo no al prejuicio patriótico sino a los valores literarios. Dejo de muestra algunos botones sobre lo que dijeron ciertos escritores hispánicos, casi todos del siglo XX, acerca de la literatura española:
 
ANTONIO MACHADO: "Yo creo que la lírica española (con excepción de las coplas de don Jorge Manrique) vale muy poco, poquísimo; vive no más que por el calor que le prestan literatos, eruditos y profesores de retórica (calor bien menguado). No es ésta una impresión sino una opinión madura. He dedicado muchos años de mi vida a leer literatura nuestra. Hay poesía en el poema del Cid, en Berceo, en Juan Ruiz y, sobre todo, en romances, proverbios, cuentos, coplas y refranes. Entre Garcilaso, Góngora, fray Luis y san Juan de la Cruz pueden reunir hasta cincuenta versos que merezcan el trabajo de leerse. La mística española no vale nada por su lírica. Es en vano que Menéndez Pelayo nos diga que los versos de fray Luis traen un sabor anticipado de la gloria. Los versos de fray Luis no anticipan absolutamente nada, recuerdan con cierta gracia algunas cosas y torpemente otras. La lírica española no tiene una vena propia ni nunca se abrevó en el agua corriente. El árbol de nuestra lírica sólo tiene una fruta madura: las coplas de don Jorge. Es en vano que se reproduzcan en las antologías las odas de Herrera, donde hay trozos de Biblia con versos dignos de Cazuela o que nos diga que Garcilaso es un gran poeta a pesar de no tener nada propio. La crítica está llena de supersticiones que se perpetúan por falta de esa curiosidad por lo espiritual, yo diría por falta de amor a las cosas del espíritu. Porque es el amor y, sobre todo, la pasión lo que crea la curiosidad. Dejamos que Menéndez Pelayo o don Juan Valera, o don Perilo López nos evalúen nuestra literatura y descansamos en la autoridad de ellos por falta de amor a esas cosas; no acudimos a formar ideas propias porque no nos interesan ni apasionan. En cambio, los aficionados a toros no se contentan con la opinión que les dan los revisteros, acuden a la plaza y luego discuten por milímetros la estocada del diestro H o X".

ALEJANDRA PIZARNIK: “Abandono la lectura de la Antología de G. Diego. Mi deseo de ser Octavio Paz es un absurdo, a mí me cuesta adquirir una cultura enciclopédica. A él no le cuesta nada porque es un intelectual nato. Por otra parte, la lectura de los españoles sólo puede darme esa falsa soltura que los vuelve formales y vacuos. De algún modo es una suerte mi incultura españolizante”.

LEOPOLDO LUGONES: "¿Qué lee? ¿Azorín? ¿Por qué no lee libros montenegrinos? Usted tiene que leer una gran literatura. La española es una pequeña literatura regional, como la búlgara".

VICENTE HUIDOBRO: “Cuando llegué a Chile me propuse volver a estudiar el castellano que en mis años en Francia había descuidado. Leí a todos los que pasan por los mejores españoles, tanto en prosa como en verso. Te juro que me daba vergüenza y que me sonrojaba como si yo hubiera escrito lo que leía. ¡Qué cosa lamentable, fofa, hueca, tontamente artificial! Jamás nada profundo, ni fino, ni propio de una alta imaginación o de un cerebro serio. Y esto porque todo se va en la preocupación retórica, en las sonoridades, en la palabrería”.

SALVADOR PÁNIKER: "A veces pienso que de esa gente, los españoles, hay que leer solo lo imprescindible. Justo para no perder el ringorrango del idioma".

JORGE LUIS BORGES: “Afirmar una ya conseguida plenitud del habla española, es ilógico y es inmoral. Es ilógico, puesto que la perfección de un idioma postularía un gran pensamiento o un gran sentir, vale decir una gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España”.

JUAN BENET: "En este país no ha habido, yo creo que desde el siglo XIX, novela de aventura, novela de misterio, novela del mar –excepto Baroja–, ni novela de imaginación; y, si me apuras, ni novela de pasión. No ha habido más que estampas de la vida familiar, de la vida provinciana, de la vida en el campo y de la vida en la oficina. Y poco más que estampas. A mí no me interesa. Cambio todo Galdós por una novela de Stevenson. Lo que hacía Fortunata por la calle Mayor no me ha interesado nunca, absolutamente nada".

VICENTE HUIDOBRO: “Recuerdo que hace años hablábamos en un Café en Madrid sobre novela. Yo hablaba de Gide, de Proust, de Lawrence, de Joyce y otros que ahora no recuerdo. Uno de los allí presentes (que fue amigo tuyo y mío en París) exclamó, casi como herido: “Hace una hora que Huidobro habla de la novela y no ha nombrado a un solo español. ¿Y nuestro Baroja?” Esto con la intención como de desenmascararme; como diciendo: está bien, manifiesto que Huidobro es un antiespañol. ¿Qué puedes contestar tú a eso? ¿Es culpa mía que sea ridículo nombrar a Baroja cuando se está hablando de los más grandes novelistas del mundo? ¿Tengo yo la culpa de que España no pueda presentar ninguna figura de la talla de esos nombrados más arriba? Sería más lógico pensar que yo preferiría mil veces que Gide, Malraux, Lawrence, Joyce fueran de nuestra lengua y no de cualquier otra. Yo les regalaría volando a Baroja, a Pérez de Ayala y sus fraternos, a Francia o a Inglaterra a cambio de los otros. ¡Qué maravilla si los más grandes alemanes o suecos o de cualquier país escribieran en español! No se podría pedir más. ¿Con qué derecho suponen que el constatar que los escritores de otros países son superiores supone mala voluntad y no amor a la verdad? ¿Por qué no ver más bien que esa constatación supone dolor y que querríamos que no fuera así? ¿O es necesario mentir por patrioterismo o espíritu de adulo y gritar que todo lo nuestro es mejor aunque no lo sea? ¿Pero vamos a engañarnos a nosotros mismos? ¿Vamos a encontrar satisfacción en nuestras propias mentiras? Y aún suponiendo que a uno le irritara el que otros países produzcan más altos escritores que España, ello encerraría amor a España y no odio. No nos irritamos si la Conchinchina no produce escritores".

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: “Las diferencias ortográficas entre España y las colonias no son un gran inconveniente; como allí no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro”.

JORGE LUIS BORGES: "España ha producido quizás un solo hombre de genio, Cervantes. Y supongo que a los demás se les puede olvidar, seguramente. Yo al menos los olvido".

PÍO BAROJA: “Yo no sé qué tiene nuestra literatura para ser tan desagradable. No hay blandura de corazón en nuestros escritores, ni en los antiguos, ni en los modernos, ni en los del Norte, ni en los del Mediodía, ni en los de Levante, ni en los de Poniente. Todos son unos”.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "La literatura y el arte contemporáneos españoles de calidad —rejionales de Europa; provincianos del mundo— no son universales, sino nacionales. Hay que interesarse en España para interesarse en ellos".

VICENTE HUIDOBRO: "Escribir bien, para un español, es escribir como se escribía antes. Por eso la literatura española tiene tan poca vida. No han producido nada en una cantidad de ramas y subramas de las letras. No tienen un solo gran dramaturgo, ni un novelista de primer plano, ni un sicólogo, ni un gran pensador. No hay en España un Dostoievski, ni un Gogol, ni un Tolstoi, ni un Stendhal, ni un Balzac, ni siquiera un Proust, ni un Meredith, ni un Goethe, ni un Hölderlin, ni un Nietszche, para no nombrar sino autores de todos conocidos. Lo mejor que ha tenido la literatura española en los últimos tiempos es acaso Valle-Inclán, a pesar de su voz engolada. No hubo en España un Victor Hugo, un Musset, un Baudelaire, un Rimbaud, un Lautréamont, un Mallarmé, ni nada comparable. Mientras Inglaterra poseía un Byron, un Shelley, un Blake, España no tenía sino un Zorrilla, un Espronceda, un Núñez de Arce o novelistas como el señor Pereda, que todavía se atreven a editar los editores hispanos. Frente a esas montañas, unos tres o cuatro melones huecos. Desde el Siglo de Oro, las letras españolas son un desierto intelectual hasta Rubén Darío. Ésta es la verdad, la muy triste verdad".

JUAN BENET: "La gran novela se convierte en una cosa tan indispensable como las fuerzas armadas, la marina mercante o la red telefónica, un índice del país. Esa clase de patriótica convicción –incluso compartida por aquellos que han renunciado a vivir en un país influyente pero todavía alimentan la esperanza de que pueda producir genios–, que no podía sufrir que España no contribuyese a la gran corriente naturalista con un nombre señero, es la responsable no solo de haber elevado a Galdós a un altar ridículo, sino también de ese desmedido afán por encontrar al gran hombre de letras que nos redima de la insoslayable decadencia".

JOSÉ DONOSO: “Los caballeros que escribieron las novelas básicas de Hispanoamérica y gran parte de su prole, con su legado de vasallaje a la Academia Española de la Lengua y de actitudes literarias y vitales caducas, nos parecían estatuas en un parque, unos con más bigote que otros, unos con leontina en el reloj del chaleco y otros no, pero en esencia confundibles y sin ningún poder sobre nosotros. Ni d’Halmar ni Barrios, ni Mallea ni Alegría, ofrecían seducciones ni remotamente parecidas a las de Lawrence, Faulkner, Pavese, Camus, Joyce, Kafka. En la novela española que el magisterio solía ofrecernos como ejemplo, y hasta cierto punto como algo que nosotros podíamos llamar “propio” —Azorín, Miró, Baroja, Pérez de Ayala—, también encontrábamos estatismo y pobreza al compararlos con sus contemporáneos de otras lenguas”.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "ESPAÑA, país realista. Casi toda su producción literaria, artística, es realista. Ni ciencia ni abstracción por falta de respeto, silencio y bienestar. Los místicos, escepción única, tenían celda, comida necesaria y respeto, porque su espiritualidad era relijiosa, única salida espiritual tolerada en España. Lo moderno es realista también. Cuando un poeta -yo- pretende subir a otro plano más alto, no lo ven, no lo miran".

ROBERTO BOLAÑO: “La literatura argentina es, probablemente, la mejor literatura en español del siglo XX”.

LUIS CERNUDA: "Azorín, Valle-Inclán, Baroja, ¿qué es eso? ¿Qué me importa toda esa estúpida, inhumana, podrida literatura española?".

JORGE LUIS BORGES: "La Literatura española... Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances, que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores admirables, como Fray Luis de León, que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote, que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio, como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras, sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián, donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Es un mero juego de formas, como el cubismo o la literatura de Joyce... Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles. Solamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine... Luego de este panorama general, ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva, sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe -Poe también nos llegaba de Francia, porque entonces Francia era la forma para que se pudieran comunicar dos países americanos-), esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si usted piensa en Rubén Darío, en Freire, en Lugones: son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez".

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "Desde mi primera juventud sentí un despego instintivo -que luego había de ser antipatía conciente- por la literatura clásica castellana. Lo que yo sentía ya en mí -afán espiritual e ideal- no lo encontraba en nada de ella, y anteveía vagamente, por atisbos y deducciones, que estaba en otras literaturas -en la inglesa, la alemana, la francesa-. La literatura inglesa me atrajo siempre especialmente y puede decirse que mi primera grande admiración fue después de leer "Hamlet", en edición francesa.

La literatura castellana: retórica y realismo, sin más, si se exceptúa algo del Quijote.

Góngora, sí. Algo universal de Bécquer. Y nada más. Siempre odié a los románticos nuestros, tan pobres. ¡Y no digo nada a Núñez de Arce, Campoamor, etc.! ¡Dioses de aquellos días!".

MIGUEL DE UNAMUNO: "Nuestra literatura, tomada en conjunto, es sencillamente insoportable; nuestros clásicos son unos charlatanes que diluyen en un tonel de agua insípida una píldora de filosofía casera que sabe a garbanzo revenido. Fuimos siempre, y no sé por cuánto tiempo más lo seguiremos siendo, un pueblo de inteligencia, por esencia, presencia y potencia, ramplona".


199


ESCRIBE NIETZSCHE en Ecce homo:
En vano se buscará en mi ser un rasgo de fanatismo. No podrá demostrarse, en ningún instante de mi vida, actitud alguna arrogante o patética.
Precisamente este libro de memorias en el que Nietzsche dice eso, Ecce homo, es un monumento al fanatismo, la egolatría, la arrogancia y el patetismo, escrito, eso sí, con una maestría y un vértigo maravillosos. Incurre este maestro en uno de los grandes peligros del egoescritor, porque, si el lector descubre que el autor miente, aunque sea en la modalidad del mentirse-a-sí-mismo, va a comenzar a leerle a la contra, con la-sospecha-de, con el no-te-lo-crees-ni-tú que vicia toda la relación lector/escritor. Es imposible que nos percatemos de la afabilidad de carácter que nos quiere trasladar Nietzsche, porque lo que leemos nos remite a un hombre fuera de sus quicios; es imposible que nos creamos la honradez y humildad de Baroja, porque lo que leemos delata a un hombre mezquino, cotilla y rencoroso; es imposible que creamos a seres tan repulsivos como Umbral o Bukowski, que tratan a las mujeres como trozos de carne, cuando relatan cómo caen todas rendidas a sus pies; es imposible que nos creamos a Montaigne cuando se autodefine como “chupatintas inútil” y nos asegura que solo escribe para que su familia y grupo de amigos le conozcan mejor, porque eso no concuerda con que nos llene el libro con 1400 citas de autores grecolatinos. ¡Cómo te vas a creer que Vallejo considerara a Neruda el poeta vivo más grande del idioma español, si el que nos cuenta eso es el propio Neruda, y casi todas las páginas de sus memorias están escritas en la misma línea de mira qué bueno, qué guapo y qué genio soy!


184


LAS MEMORIAS de Baroja son bochornosas. Consisten en decir que todos los demás escritores de la época eran mentirosos, él no; todos querían medrar, él no; todos eran palabreros y fachadistas, él no; todos se consideraban seres superiores, él no. Para ello recurre a los argumentos más mezquinos, lo mismo a los raciales que a los físicos que a las tercerías del "según se ve" o “me han contado por ahí”, propios de un cotilla patológico. Al único que salva, aparte de a su amigo Azorín, es a Ortega, pero pronto descubro que la razón real de que no se metiera con él fue que, por el tiempo en que Baroja escribía sus memorias, ¡Ortega aún continuaba vivo! ¿Para qué iba a meterse con el único que le podía contestar, si contaba con muertos de sobra sobre los que podía echar mierda sin posibilidad de réplica?


183


LO DE no criticar a los vivos Baroja lo hace con toda la intención. Llegado a la figura de Unamuno, después de arrojarle baldes de mierda, la mayoría con argumentos ad hominem, nos confiesa que mientras el bilbaíno vivía no se atrevió a hacerle críticas a la cara “para no molestarle”, jajaja. ¡Joder con el sincero oficial de las letras españolas! ¡Sincero cuando no había riesgos ni consecuencias! Al Baroja de los años finales me lo imagino leyendo cada día las páginas necrológicas y, cada vez que moría un contemporáneo célebre, exclamando para sus adentros: “¡Otro al que ya puedo ametrallar en mis memorias!”.


182


LAS MEMORIAS de Baroja como boomerang. Baroja quiere darnos su versión de un hombre humilde y sincero rodeado de sinvergüenzas y comediantes, pero consigue justo lo contrario. Queda la imagen de un escritor mezquino, envidioso, rencoroso, cotilla, vengativo; una persona que no conoció la palabra “autocrítica”; alguien obsesionado con rebajar la talla de sus contemporáneos por ver si con ello aumentaba la suya. Que no se diera cuenta de que esas memorias, tal como están escritas, iban a volverse contra él, me hace pensar en otro defecto: Baroja, aunque gran novelista, no debió ser un hombre muy inteligente.


181


UNA ANÉCDOTA reveladora de la falsa humildad de Baroja. Hemingway le visitó en su lecho de muerte y le dijo:

–Mi premio Nobel se lo tendrían que haber dado a usted.

Baroja recibió estas palabras muy contento, pero Hemingway continuó hablando:

–A usted…, y también a Azorín, a Unamuno, a Antonio Machado…

Estas palabras ya no le gustaron tanto a Baroja, que le dijo con irritación: “¡Demasiados!”. Y es que Hemingway tocó el cable prohibido de Baroja: podía haberle mentado los nombres de escritores franceses o ingleses y seguro que no se hubiera enfadado, ¡pero poner a su mismo nivel a otros escritores españoles de su época, hasta ahí podíamos llegar!


178


BAROJA TIENE libros donde no acierta con la prosodia en una sola frase, por no hablar de que rara vez ordena bien los párrafos o de sus descuidos contra la gramática; sin embargo consigue casi siempre novelas bastante buenas porque tiene ideas de sobra y nació con el don de contar historias. En cambio Umbral, que tiene la música metida en la cabeza y consigue convertir todas las frases en un solo de violín, no consigue más que libros que en la mayoría de los casos son de vergüenza ajena. ¿Por qué sucede esto? ¡Pues porque anuncia y no cumple, promete una obra invertebrada y dos capítulos después trata de vertebrarla, escribe las citas mal, copia párrafos enteros de otros libros suyos (el autoplagio es una de sus marcas de fábrica), prefiere la solución brillante a la solución adecuada, refiere anécdotas que ya no recuerda bien o que ya ha contado cincuenta veces, ignora lo que es una trama, no lee lo que ha escrito el día anterior y no sabe deslindar la narración de la crítica, es un desastre absoluto! En Umbral es muy típico que, en medio de una novela, sin venir a cuento, el narrador o uno de los personajes haga un ajuste de cuentas con Galdós, por ejemplo, y luego la novela continúe tan campante, porque Umbral era un tipo de odios tan profundos que no se olvidaba de ellos un momento ni descubrió cuándo era pertinente formularlos. Por otra parte, embebido como está en la eufonía de la frase y en la elección de las palabras, se olvida de eufonías más importantes: la eufonía del tiempo narrativo, la eufonía de los actos de los personajes, la eufonía conceptual del libro entero es algo que ni siquiera tiene en cuenta. Atrapado en el estilo de vuelo corto, es casi ciego a la técnica: ¡con razón no conseguía leer a Faulkner!


177


He traído a colación a Baroja porque Umbral se pasó la vida diciendo que Baroja era un desastre técnico Y DECÍA LA VERDAD. ¡Pero es que Umbral lo es casi más, y no es ni la mitad de escritor! La chapucería de ambos es de tipo distinto y hasta opuesto, pero tanto en Umbral como en Baroja existe la misma pereza mental, el mismo de-dónde-vienes-manzanas-traigo, las mismas ganas de acabar cuanto antes el libro y el mismo desprecio por la obra bien hecha. 


110


SOBRE LA mentiratura. Se equivoca Baroja cuando llama “farsante” a Valle-Inclán y se equivoca Gore Vidal cuando llama “embustero” a Truman Capote, porque las mentiras que decían estos escritores, igual que las de Stendhal o Baudelaire o Hemingway, eran tan exageradas o las practicaban con tanta asiduidad que se convertían en su negación, pues toda mentira se destruye en el momento en que llega a disparate. Cuando Nerval proclama que es hijo de Napoleón Bonaparte; o Valle-Inclán asegura que cabalgaba sobre un cocodrilo tapándole un ojo; o Cela mantiene que puede absorber dos litros de agua con el culo; o Baudelaire afirma que poseyó a una jorobada y que es un placer sexual superior, no están mintiendo, porque han despojado a la mentira de todo lo que tiene de lucrativo o ventajista y la han convertido en una mentira desinteresada y de mayor calidad. Ya no son literatos que mienten: son mentiratos que hacen mentiratura.


42


ESTA MAÑANA se me ha ocurrido que la expresión “cuatro gatos” sería un magnífico nombre para un pequeño bar, una editorial minoritaria o una productora cinematográfica de autores de culto, y muy feliz de mi ocurrencia, he estado esperando hasta ahora para llegar al portátil y comprobar la denominación en Google, no sea que, como tantas otras veces, algún muerto o vivo se me haya adelantado. ¡Y vaya que sí se me habían adelantado! Existe una banda de rock con ese nombre, además de una editorial, un bar, un equipo deportivo y no sé cuántas cosas más, porque he dejado de buscar. Me he sentido tan decepcionada como cuando José Arcadio Buendía se enteró de que la redondez de la tierra era cosa sabida o como cuando Silvestre Paradox, personaje de Baroja, se enteró de que el submarino que había creado tras ímprobos esfuerzos llevaba unas cuantas décadas inventado.