DECLARA VÁZQUEZ Montalbán a Georges Tyras acerca de lo confesional en la literatura:
Me siento un poco heredero de una consigna del poeta Jaime Gil de Biedma, que influyó muchísimo en nuestra generación. Él decía que el escritor debía enmascarar su tendencia a la confesión porque el confesionalismo en literatura podría llegar a ser algo obsceno. El escritor debe mantener una cierta austeridad y no buscar una relación de simpatía con el lector.
Con estas declaraciones Vázquez Montalbán se está cargando la literatura confesional casi en su totalidad. Es curioso que en 1580 Montaigne pueda escribir que tenía el pene pequeño y que ya no se le ponía dura, y, en cambio, casi cuatrocientos años después, en la España de Franco, a los escritores españoles les pareciera que era mejor no meterse en esos terrenos, lo que casualmente coincidía con el deseo de la dictadura. Yo pienso justo lo contrario que Vázquez Montalbán: casi me atrevería a decir que uno de los elementos que mide el desarrollo de una sociedad es el número de libros confesionales que se escriben, porque si los escritores se atreven a decir si se masturban y con quienes lo hacen, si tienen pensamientos gays o pegaron a su padre, es que esa sociedad ha alcanzado un alto grado de libertad. Escribir ese tipo de cosas no es obsceno; obsceno me parece a mí considerar obscenas las cosas más naturales de la vida. En cuanto a Gil de Biedma, Vázquez Montalbán se olvida de decirnos que este poeta barcelonés era homosexual en una época terrible, donde serlo estaba mal visto hasta por las izquierdas (de hecho, le negaron la entrada en el Partido Comunista a causa de esto), y por esa razón no le convenía ser explícito. Todavía en una fecha tan cercana como 1989, enterado de que Dionisio Cañas iba a escribir un estudio sobre su poesía donde hablaba sin tapujos de su homosexualidad, Gil de Biedma le envió una carta para quitarle la idea, de la que copio los dos primeros párrafos:
Tu deseo de escribir sobre el erotismo en mi obra y ser muy claro al respecto me ha dejado un poco preocupado. Yo te pediría por favor que evitases la claridad –sé ambiguo como mis poemas lo son– si quieres hablar de este asunto. Podrías complicarme mucho la vida, que bastante complicada y difícil la tengo en estos momentos, e incluso causarme perjuicios personales.
Para quien sólo me conoce de la sociedad literaria y de sus mundos afines, donde mi homosexualidad es un hecho universalmente conocido y respetado, le resulta difícil de comprender que en los medios familiares y de trabajo en que vivo y he vivido siempre, mi situación es completamente otra, muy peculiar. Muchos, o casi todos, saben a qué atenerse pero jamás se han dado por enterados. Gracias a ello he podido llevar una vida privada de casi absoluta libertad con toda discreción. Pero si algún hecho “público” –una mención en letra impresa– les forzara a darse por enterados, sé que su reacción sería inmediata y feroz, con tal de no pasar por cómplices de una inmoralidad “pública”, que pensarían que redunda también en desdoro suyo. Tengo, además, enemigos en la compañía en donde trabajo, que en el pasado intentaron utilizar mi homosexualidad como arma contra mí, y si evité la crisis fue porque se trataba de un asunto privado y nadie quería poner en marcha un escándalo. Una constancia pública ante el hecho me dejaría inerme ante ellos.