JULIO CORTÁZAR cuenta a Joaquín Soler Serrano uno de los grandes traumas de su vida: el día en que su madre dudó de que sus poemas, escritos con nueve años, fueran de verdad suyos:
Seguí escribiendo poemas en los que ya trabajaba más por mi cuenta, y esa serie cayó en manos de un pariente, un tío o algo así, que los leyó y le dijo a mi madre que evidentemente esos poemas no eran míos y que estarían copiados de alguna antología. Me acuerdo siempre de lo que aquello fue para mí: un dolor de niño, un dolor infinito, profundo y terrible… cuando mi madre, en quien yo tenía plena confianza, vino de noche… antes de que yo me durmiera, a preguntarme un poco avergonzada si realmente esos textos eran míos o los había copiado. El hecho de que mi madre pudiera dudar de mí fue desgarrador, algo así como la revelación de la muerte, esos primeros golpes que te marcan para siempre. Descubrí que todo era relativo, que todo era precario, que había que vivir en un mundo que no era el que yo imaginaba, lleno de total confianza y de inocencia.